Nuestra veterana sección Grandes Personas con Bigote presenta a WARNER OLAND en
THE MYSTERIOUS DR. FU MANCHU
Director: Rowland V. Lee. Con Warner Oland, Neil Hamilton, Jean Arthur, O.P. Heggie. USA, 1929
Uno de los más ilustres mostachos de la historia del cine asoma hoy por aquí, nada menos que el del sueco Warner Oland, quien conociese fama y fortuna haciendo siempre de chino, fuera como Fu Manchú, Charlie Chan o el licantrópico Dr. Yogami, debido a sus ojos levemente rasgados y a una mirada fría y pelín cruel que nuestro prejuicio identifica con lo Oriental; más aún en los años en que la cosa del Peligro Amarillo (hoy consumado, bien que por otras vías) estaba muy pero que muy de moda.
Oland, el chino que nunca fue, se dedicó al cine después de emigrar desde Suecia a California y desempeñar innúmeros oficios; interpretando para la Fox al detective Charlie Chan se hizo rico y famoso, mas la suerte decidió darle la espalda y el pobre acabó volviéndose loco -estaba convencido de que los platós donde rodaba sufrían maldiciones vudú-, regresando prejubilado a su país donde murió solitario poco tiempo después. Entre medias pergeñó fabulosos papeles por los que siempre se la adorará en esta casa, como el del primer Fu Manchú del sonoro. Ya antes el diabólico doctor creado por Sax Rohmer había visitado las pantallas en un serial británico protagonizado por Harry Agar Lyons en 1923, donde el malvado oriental presentaba un bigote más cercano al del Revoltoso Cabo Austríaco que a ese largo y colgante que todos le conocemos.
Aparece el Doctor en este The Mysterious Dr. Fu Manchu como una bellísima persona dedicada a socorrer a la humanidad en general y a los blancos en particular durante la insurrección de los boxers en Pekín (la misma que contara Nicolás Rayo en aquellos Cincuenta y cinco días); como pago a sus desvelos recibe un obús de las tropas coloniales que de golpe y porrazo mata a toda su familia. Su mayúsculo y justificado cabreo es lo que le lleva a convertirse en un genio del mal: nada que ver con Sax Rohmer, como bien verán quienes lo hayan leído.
Adopta aquí a una huerfanita blanca para transformarla en instrumento de su venganza, manteniéndola a lo largo de los años en un permanente estado hipnótico que la tiene medio lela. Objetivo el de la venganza personal harto más modesto que su clásica aspiración a dominar el mundo, si bien no falta nada de la iconografía que hizo célebre al personaje: hay asesinatos rebuscados, sicarios merodeando a la sombra de aristocráticas mansiones, tugurios en los bajos fondos, pasadizos secretos, dardos venenosos y pociones mortales; sólo se echa en falta, y mucho, la obligada cámara de torturas.
Interpretada a la manera del mudo, demasiado reciente para que sus mañas fueran olvidadas, la película quiere demostrar una y otra vez que es sonora, con lo que unos larguísimos diálogos acaban por restarle agilidad. No basta tampoco el despliegue de lugares comunes para proporcionar el ambiente de turbio exotismo que las ficciones de Fu Manchú requieren, si bien Oland imprime al personaje el aura maligna y la oscura grandeza que tanto Karloff como Henry Brandon prolongaron en sus filmes. Y hasta habla, como debe ser, meloso y educado, y ríe entre dientes como dicen lo hacen víboras e hienas: más que de sobras para que ahora mismo me lance a ver los otros títulos de esta trilogía, The return of Dr. Fu Manchu (1930) y Daughter of the Dragon (1931). Hala, les dejo que me voy a buscarlas...




















































