Mostrando entradas con la etiqueta la risa floja. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta la risa floja. Mostrar todas las entradas

2012-11-01

Los fieles difuntos del Marqués de Serafín

El Día de Difuntos El Desván del Abuelito se honra en añadir a su colección de GRANDES PERSONAS CON BIGOTE al eximio, ilustre y olvidado 
MARQUÉS DE SERAFÍN

Confío que quede aún alguien que recuerde a don Serafín Rojo Caamaño, humorista gráfico carne de La Codorniz, pilar anómalo del semanario para niños Jaimito, rey de bohemios, autoproclamado aristócrata tronado, pintor de cuadros y de atracciones de feria, trotamundos, libertino y currante, amigo de juergas, francachelas, caldos añejos, señoritas de mal vivir y de todo cuanto representa la vida con mayúsculas, anarquista epicúreo cuando le dejaban, Goya de andar por casa, Gutiérrez Solana del papel impreso...



Prolífico a la fuerza, su trazo expresionista y desgarbado cruza cuarenta años de vida española asomando por todos los rincones. Varios libros recogieron parte de su inquieta actividad, entre ellos este que, por cuestiones de fecha, es hoy más apropiado, consagrado todo él a glosar una vida de Ultratumba descreída y cachonda: no renuncia el Marqués a su carnalidad gozosa ni aún reducido a mondo esqueleto. ¿Por qué se ríen las calaveras? es su título, editado por Barral en julio de 1976, con capítulos tan sugerentes como "Esqueletoteca paranoica", "Funerales, sepelios y otros desvelos" o "Crónica necrosemiótica".  

Un Más Allá de trazo grueso, de profundos negros, de honda estirpe hispana, donde Eros y un Tanatos que tanto no parece campan a sus anchas entre ataúdes, exhuberantes mozas, muertos que van a orinar y vivos que semejan sombras, donde cielo e infierno han sido cambiados por una eterna añoranza, la del placer en este mundo, única verdad a nuestro alcance. Risas un punto amargas, escépticas las de estos simpares difuntos. Hijas de una sabiduría que todos hemos de alcanzar...  

2012-09-03

Círculo Criminal

THE CROOKED CIRCLE
Director: H. Bruce Humberstone. Con James Gleason, Zasu Pitts, C. Henry Borden, Ben Lyon. USA, 1932
 
¡¡Yambo, nietucos!! ¡Desde lo más profundo de los bosques, desde el paraíso primigenio tosco y arisco, desde las eras olvidadas del tiempo...El Abuelito ha regresado! Un año más toca sumergirse en esta realidad áspera, que combatiremos a base de inmersiones en lo No Existente, como nos gusta hacer: en viajes al pasado de papel, a lo ficticio, a lo extraordinario, al universo desconocido y sin embargo tan real como la cotidianeidad brutal que se nos reserva, por más que a base de palos ésta nos semeje verdadera existencia y lo soñado mentira ¡Craso error!  
En fin: que ya estamos aquí de nuevo. Con la canasta llena de trastos, de papeles amarillentos, de imágenes de quitar el hipo, de celuloides rancios, de mis manías de siempre, qué caray, que soy ya demasiado viejo para cambiar y además no me da la gana. Y para comenzar temporada, qué más indicado que un filme neta y esencialmente abuelitesco, trasunto inmejorable del Cine Folletín tan querido por aquí, empírica demostración de que en esto de la narrativa popular (de toda narrativa, me temo) es la forma quien condiciona irremediablemente el fondo... hala, fuera ya de murgas semánticas y al grano con esta primera lección...
Un sótano. Una escalera por la que desciende hasta allí un encapuchado. Otras personas de semejante guisa le aguardan en torno a una mesa redonda, presidida por una calavera. Solemnemente se juramentan para decretar la perdición de su mortal enemigo, el jefe de la organización El Club de la Esfinge. Acometerá el crimen aquel de entre ellos que extraiga de una baraja el naipe fatal de la muerte... ¿Cabe comienzo más indicado para que cuantos amamos la iconografía del misterio nos estremezcamos de placer en nuestros asientos, incrédulos ante tanta maravilla?
Es The Crooked Circle modesta producción de la Década de Oro, los treinta, era decisiva en la que se fijan las estéticas, procedentes del papel y el cine mudo, que han de definir el alma de toda la ficción del siglo y aún de después, magma de folletín y pulp, mundo de certidumbres aquí definido en inmaculado blanco y negro, forma primigenia tan de agradecer para cuantos gustamos lo sincero sin ambages ni alharacas.Su envoltorio es el de típica cinta Old Dark House, ya saben: aquel género tan en boga entonces con varios invitados a una mansión llena de pasadizos secretos, relojes de pared, crímenes y sujetos de doble filo y mirar atravesado.  

Modélica hasta el asombro, ni uno solo de los amados lugares comunes falta a su cita. Dos organizaciones secretas frente a frente, un anónimo jeroglífico que decreta la muerte a su receptor, un yogi con turbante, bigote y poderes hipnóticos que se llama Yoganda, un jorobado siniestro que no habla más que de maldiciones y aparecidos, una casa encantada por espectro violinista, un sarcófago de momia egipcia, un esqueleto andarín, puertas falsas, cómicos malapata y una buhardilla llena de trastos con esa pátina como cadavérica tan propia de los objetos olvidados... Ya les digo: un desfile de prodigios para no dar crédito los ojos.
 Y todo fluyendo de manera natural, sin que una sola de las piezas del enganaje chirríe en demasía. Decorados canónicos, fotografía más que correcta, interpretaciones precisas -esa histriónica Zasu Pitts, antigua estrella de Von Stroheim que devino voz para la Olivia del Popeye animado-, toques de comedia bien insertados, un conjunto que comparte lo mejor de la sencillez y falta de pretensiones de las producciones pobres americanas y que está a la vez muy por encima de lo que aquellas nos tienen acostumbrados. Tal vez no sea una obra maestra, pero resulta inmejorable muestra para definir el tipo de cine que se adora en este Desván.

2012-06-08

Maestros de lo macabro: Chumy Chúmez

CHUMY: LA RISA NEGRA


Lo mejor que tiene esto de haber ido a dar en esta península ibérica sita allende los Pirineos es poder disfrutar de ese sentido del humor negro a no poder serlo más que, por más que reviente a la España oficial de todo tiempo y color, nos acompaña desde los tiempos de Maricastaña como una segunda piel.
Espejo invertido de la católica tradición, sonrisa helada nacida del escepticismo y el descreimiento, de la conciencia de la vanidad de la existencia, concepto por otra parte muy gastado por los abundantes místicos que este rincón de la Tierra ha dado. Mas con sentido del humor, no como esos cenizos buscadores del éxtasis por la ascesis: los humoristas a contracorriente son más bien epicúreos, que otro remedio no les queda.



El cine de Berlanga, Ferreri o La Cuadrilla, las pinturas de Gutiérrez Solana, los textos de Quevedo, Larra, el Lazarillo o el mismo Cervantes, los hermanos dibujos de Summers o el gran Gila, ¿qué son sino afirmación de la vida y burla de la muerte, que afrontan cara a cara y no tras siete velos como hacen los creyentes?
Rey de estos asuntos de crueldad y chirigota fue el eximio Chumy Chúmez, conocido en el siglo como José María González Castrillo, fundador del glorioso semanario Hermano Lobo, colaborador en mil y un medios, cineasta, pintor secreto de cualidad extraordinaria, escritor, autor de fotomontajes narrativos que ríase usted de Max Ernst y sobre todo, conocedor de que esta vida no es sino inmensa broma que, aunque a veces cueste olvidarlo, nunca hay que tomar demasiado en serio.





Conocido, quiero pensar, de todos ustedes, traigo hasta aquí procedentes de su antología de 1973 Todos somos de derechas algunos de sus dibujos de mutilados, de crudas verdades, de calaveras, de difuntos, cómico existencialismo y hasta necrofilia; ya ven cuánta fue su voluntad de desmentir certezas y sacralidades. Condenado, como todos, al olvido, no está de más, por moderno que sea, invitarlo a visitar el Desván. Que no sé porqué me parece que su trazo incómodo, expresionista y descarnado, seguiría en este tiempo light y perverso de hoy incordiando como siempre gustó hacerlo, y hasta más aún si cabe...   




2012-04-22

Día del Libro 2012

PARA QUÉ SIRVEN LOS LIBROS

El gran Manuel Urda lo comprendió, y así lo expuso desde la contraportada de la revista El Coyote en la raquítica España de 1948... cada vez más cercana...

2012-01-11

El misterio de la Torre Eiffel

LE MYSTERE DE LA TOUR EIFFEL
Diractor: Julien Duvivier. Con Felicien Tramel, Regine Bouet, Gaston Jacquet, Jimmy Gaillard. Francia, 1927

¡¡Menudo serial me acabo de ver, nietucos!! Francés, como el folletín mismo; de 1927 y dirigido por el enorme Julián Duvivier, de quien no hace mucho les hablé AQUÍ a cuenta de su versión de El Golem. El misterio de la Torre Eiffel es su título, y lo que yo he visto, como tendrán que hacer ustedes, es lo llaman los yankis la feature version, esto es, el remontaje en forma de largometraje de los capítulos convenientemente recortados, algo hoy muy de moda. No ha sobrevivido otra cosa.
Bebe de las fuentes primigenias, con su paisano Louis Feuillade a la cabeza, mas no tarda en trascenderlas con su aire humorístico, su moderna narrativa, el uso de una cámara inquieta y un desfile de prodigios y acción que hubiesen mareado a no dudar al responsable de Fantomas o Judex. No en vano han transcurrido algunos años desde entonces, que cuentan como siglos en lo que al narrar en imágenes se refiere...
Su comienzo no puede ser más glorioso: dos hermanos siameses de pega vestidos de charros mejicanos exhibiéndose en una barraca ambulante en las afueras de París. Se sigue de inmediato una herencia, una personalidad suplantada y un derroche incesante de lo que entonces es actualidad y hoy sabemos constituye médula de lo folletinesco, acervo de lugares comunes que vienen a demostrar que la realidad nunca es lo que parece y que lo cotidiano no es más que convención tras la que acecha siempre, para nuestra felicidad, lo extraordinario. 
Un pérfido aristócrata, un chino malo de largo y fino bigote, una voz misteriosa que interrumpe las emisiones de radio para soltar incomprensibles galimatías, una recua de encapuchados vestidos con negra sotana, un intrépido botones, perfumes narcóticos, avionetas que persiguen automóviles, máquinas siniestras de las que sueltan chispazos, un templo subterráneo donde criminales sectas ejecutan oscuros rituales y hasta un combate final en el que la Torre Eiffel muta en plató en prodigiosas secuencias llenas de auténticas cabriolas sin trampa ni cartón. De nada falta.
Ni siquiera la ironía: el protagonista es regordete, talludo, de incipiente calva y cachazudo ademán, un antihéroe encarnado en doble papel por el prolífico, hoy olvidado, cantante y actor Felicien Tramel, de quien pueden saberlo todo si pinchan AQUÍ.
Nadie cabal puede aburrirse, que para eso su lenguaje es como de hoy mismo, con primerísimos planos, uso metafórico de los recursos cinematográficos, un montaje audaz, personajes bien definidos, fotografía de la que sabe crear ambiente e incesante acción... Un filme feliz, nietucos, de los que desbordan entusiasmo por los cuatro costados...  

2011-11-09

Pamplinas en el Purgatorio

EL MODERNO BARBA AZUL
Director: Jaime Salvador. Con Buster Keaton, Ángel Garasa, Virginia Serret, Fernando Soto. México, 1946

Hablaba hace poco, a cuenta de la intervención del venerable José Cotten en la chiripitiflaútica cinta italiana de horror y sexo Lady Frankenstein, del exilio de grandes actores norteamericanos en filmografías de países remotos donde recalaban en sus horas bajas. Decadencia para unos, que lo consideran un demérito en sus carreras; agradecido refugio contra la indigencia para otros, que saben ver en tales peripecias el sentido homenaje a los grandes de los públicos de otros lares.
San Bela Lugosi, relegado a filmes de ínfimo presupuesto y bagaje artístico en manos del chiflado Ed Wood; el Flaco de Oro Juan Carradine paseando su físico caquéxico entre locuras mejicanas y horrores filipinos; el inmarcesible Boris Karloff obedeciendo las órdenes de de extraviados directores de más allá del Río Grande; el mismo Cotten doblado al japonés entre submarinos de juguete y túnicas de purpurina bajo la batuta de Inoshiro Honda... y aquel a quien traigo aquí, nada menos que el señor Cara de Palo, don Buster Keaton, figura capital venerada por todos los historiadores ortodoxos del cine que también frecuentó tan particulares purgatorios.
Tras conocer sus días de gloria en el mudo, don Buster atravesaba en los años cuarenta pésimos momentos. Divorciado, amigo del frasco hasta límites insostenibles, vetado por el magnate de la Metro Louis B. Mayer con quien estaba peleado a muerte, inquilino periódico de clínicas mentales y centros de desintoxicación, a tales alturas nadie daba por él un duro. Bueno, nadie no, que sus vecinos del sur, siempre sabios y generosos, lo contrataron para que trabajase en México donde aún se confiaba en su chispa y en su genio. Y allá que acudió Pamplinas -como se le conocía en ámbitos castellanoparlantes- satisfecho de encontrarse en nuevos platós por más que careciesen del lujo y el glamour de los que antaño frecuentara.
Como imitando su peripecia vital, interpreta en El moderno Barba Azul a un naúfrago llegado a las costas yucatecas, desvalido, pobretón, perdido en un mundo que no es el suyo. Es soldado del Pacífico que acabada la Guerra Mundial se entrega a los mexicanos tomándolos por japoneses; para corresponder, éstos le confunden con Barba Azul, el asesino de mujeres, y lo encierran en el calabozo. Buster apenas habla, como corresponde a su calidad de estrella silente; junto a otro desharrapado como él, se le acaba ofreciendo la posibilidad de canjear la pena de cárcel por un viaje suicida a la Luna que organiza el barbado Profesor Benítez. Su pillo y aprovechado compañero de celda, siempre dispuesto a abusar del ensimismado Buster, está interpretado por el cómico español Ángel Garasa, actor huído de la incivil Guerra del 36 y acompañante de Cantinflas en buena parte de sus comedias.
A bordo de un cohete de cartón parten ambos, acompañados por la vistosa sobrina del sabio inventor, para aterrizar en un campo vecino que alegremente toman por la Luna. Deshechadas sus escafandras astronaúticas, los viajeros visten cómodas túnicas con estrellas y cucuruchos de hechicero, atavíos característicos de los selenitas como todos sabemos.
Es El moderno Barba Azul deslavazado entremés cómico a mayor gloria de Pamplinas, quien borda una vez más al personaje taciturno y fatalista que a base de mímica, abulia y cabriolas intenta conservar su dignidad frente a un destino siempre hostil. Ritmo cansino, como a trompicones; sucesión de gags apenas hilvanados por un débil entramado argumental; un México tópico de alguaciles bigotudos con pistola y lozanas lupitas; y aún así, qué quieren, es inevitable estimarla, como a la otra producción mex de don Buster, El colmillo de Buda (1949): ambas comparten el sabor envenenado de la derrota, ese regusto fuerte a mojama seca que ningún cinéfago cabal es capaz de rechazar...