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2012-04-04

Los cromos de Frankenstein

FRANKENSTEIN Y EL HOMBRE LOBO: LOS CROMOS - 2
Deticated to my grandson Ryan Heshka, great artist and a big fan of Gutmaga


De la maravillosa, qué digo, ¡inmortal! colección de cromos de 1946 Frankenstein y el Hombre Lobo ya les di noticia, como recordarán los más devotos entre los nietucos, hace un porrón de años, AQUÍ. Así que antes de empezar a ver esta entrada de hoy, no sean holgazanes y pinchen en el enlace para  repasar lo que en su día les conté. Hala, gandulacios, a trabajar!!


Constituye esta colección una nueva obra maestra de este mago del género que fue don Manuel Gutiérrez Garulo, alias Gutmaga. De este artista de trazo poderoso, firme e ingenuo ya les he hablado en numerosas ocasiones. Para admirar su sin igual estilo no tienen más que pinchar en la etiqueta "Cromos Raros" y allí se toparán con otras muestras inmortales de su arte: El misterioso Dr. Satán, Policía Montada del Canadá o escenas de gloriosas e incorrectas cacerías de las que antes se podían comercializar sin que ningún pelagatos se escandalizara...




No suele su Abuelito, ya lo saben, repetirse a menudo, y eso que cada día está más gagá... ¿Por qué, se preguntarán entonces, nos trae hoy nuevas escenas de este singular álbum de cromos? Muy sencillo: porque en su día tuve que enseñarles, a falta de otra cosa, fotocopias de los mismos... Mas hoy, rebuscando entre los cajones y papeles del Desván, he encontrado nada menos que los cromos originales, que son los que en inigualada calidad les muestro. Una buena excusa para volver sobre un tema que jamás dejará de contar con mi devoción.





Es este álbum una de las mejores historietas -pues como tal está estructurado- de miedo de la posguerra. Imágenes tenebrosas que transmiten como ningunas otras las esencias llenas de sombra y amenaza de los filmes de la Gloriosa Universal; terror de a peseta en blanco y negro sincero y expresivo cuya fuerza no puede igualar ningún maestro del dibujo por más que su técnica sea mejor que la de Gutmaga... magia de papel, de ese que transporta, como en un conjuro, al lector hacia épocas y mundos que creía perdidos para siempre en el pasado...

Con ellas les dejo hasta la semana que viene, que me he enterado que dentro de nada matan al hijo de dios y prefiero largarme al bosque antes que aguantar la barahúnda que año tras año arman sus acólitos... ¡¡Hasta entonces, nietales todos!!

2011-12-28

El Golem inglés

IT! (The curse of the Golem)
Director: Herbert J. Leder. Con Roddy Mc Dowall, Jill Haworth, Paul Maxwell, Alan Sellers. Gran Bretaña, 1967

Variada es la suerte de la criatura que el rabino Judá Loew Ben Bezael moldeara del barro primigenio en su cubil del gueto de Praga. Asomó, puro símbolo, mera excusa, en las páginas febriles y esotéricas del iniciado Meyrink; cobró vida de la mano de dos teutones, Galeen y Wegener, en diversas aventuras de las que solo una ha sobrevivido, esculpida a hachazos con la estética brava y contundente del expresionismo; resucitó en el París de entreguerras gracias a Julián Duvivier, quien le devolviera su aire legendario y su poesía hondamente europea; y fue a dar por último a las Islas Británicas, donde abandonada toda veleidad artística mutó en enloquecido relato pulp, disparatado, extemporáneo, disfrutable por cuantos como yo aprecien la desvergüenza y el exceso.
Todo monstruo acaba por transmutarse en género, y si no que se lo pregunten al Moderno Prometeo de Mary Shelley, que de símbolo de la humana caída ha quedado en espantajo verdoso, o a la desdichada criatura de Abraham Stoker cuya grandeza crepuscular es hoy hormona revuelta y acné juvenil. Mejor es la fortuna, en este sentido, del Golem, que al fin y al cabo se convierte gracias a las artes del ínclito Herberto Leder en monstruo prototípico, zoquete, malas pulgas y aficionado a errar por ahí adelante llevando en brazos a chicas en camisón, como manda la costumbre de su estirpe.
Responsable de semejante descenso a los abismos es este británico Herbert J. Leder, un auténtico Juan Palomo digno de figurar en el podium del destarifo junto a titanes como Al Adamson o Ted W. Mikels; guionista, productor y director de sus escasos filmes que incluyen cabezas de líderes nazis congeladas prestas para volver a la vida (The frozen dead) o asesinos en serie que reparten caramelos (The candy man), protagonizados por estrellas en derribo de la talla del gran Jorge Sanders o Dana Andrews.
En It!, que así se llama este Golem, es el otrora niño prodigio Roddy McDowall el encargado de dar vida a un psicopático empleado de museo que guarda en su casa el cadáver disecado de su mamá -sentada en una mecedora como la de Antonio Perkins en Psicosis-, acumula rencores contra superiores y chicas rubias y descubre el modo de volver a la vida al Golem, una estatua de piedra de extraño aspecto que obedece sus órdenes de criminal resentido. Ser superpoderoso más feo que Picio, es capaz de resistir el impacto de una bomba atómica o de derribar el puente de Londres en un santiamén, sólo para impresionar a la que el loco de McDowall pretende que sea su novia.
Lo adivinaron: el filme apenas tiene pies ni cabeza; su aire antañón es el una monster movie de los cincuenta; sus diálogos, hilarantes; sus medios, muy limitados y sus escenas, cumbres de eso que algunos de ustedes llaman psicotronía. Ver al fugitivo McDowall recorriendo Inglaterra perseguido por "el ejército" (dos soldados y un general en un jeep) mientras conduce un coche fúnebre en compañía de una moza secuestrada, la estatua viviente y el fiambre de su madre con el que toma el té cada dos por tres es cosa que no deja de provocar enorme pasmo al más pintado. A mí estos excesos me simpatizan, ya lo saben, que desvergüenza y frescura es cosa que nunca estorba en este mundo sobrado de pretenciosidad, ínfulas y pedantería que nos toca vivir todos los días...   

2011-12-12

El Golem francés

LE GOLEM
Director: Julien Duvivier. Con Harry Baur, Roger Karl, Jany Holt, Ferdinand Hart. Francia, 1936

Poco tiene que ver la versión de El Golem que la luminaria del cine francés don Julián Duvivier -responsable de algunas obras maestras absolutas como Seis destinos o Voici le temps des assasins- pergeñase en 1936 con cualquiera de las anteriores apariciones en pantalla del Hombre de Arcilla que el rabino Judah Loew pusiera a caminar, siglos ha, por las calles del guetto de Praga. Ni sombra ni eco del seminal Wegener, menos aún de la esotérica novela del iniciado Gustavo Meyrink, a la que el cine ha dejado siempre de lado: Duvivier adapta un relato popular, esencia de un fantástico europeo de honda raigambre y orgullosa estirpe.
En espera de volver a la vida para vengar las afrentas que sufre el Pueblo Elegido, el Golem yace en el desván de una sinagoga checa, oculto a la codiciosa mirada de Rodolfo II, gobernante del Sacro Imperio Romano Germánico y Protector Máximo de las Artes Mágicas. Adicto a lo extraordinario, ambiciona éste apoderarse de la estatua hebrea porque sueña con crear una criatura artificial; para ello congrega en su corte el mayor número de alquimistas, magos de túnica negra y capirote, astrólogos y nigromantes de luenga barba que los siglos hayan conocido. Allí se afanan todos en la búsqueda de la piedra filosofal, del movimiento continuo o la crianza de mandrágoras, bien que lamenten carecer del imprescindible semen de ahorcado garantía de éxito.
Por su parte los judíos no andan a la zaga, y contrarrestan los conjuros imperiales convocando ángeles y arcángeles conminados a materializarse en la sinagoga por el poder de la Llama y la Espada, y hasta practican la Goecia, perturbando el eterno descanso del alma del rabino Loew, que llega a encarnar en uno de los asistentes a la ceremonia para soltar una serie de apocalípticas profecías según manda la hebrea costumbre.
Durante buena parte del metraje lo fantástico se limita a ser telón de fondo sobre el que se desarrolla una historia de amores e intrigas palaciegas. Diálogos teatralizantes, barroquismo, esa artificiosidad tan cara a su realizador y una puesta en escena prodigiosa cuidada al milímetro, siempre máxima preocupación en Duvivier. Imágenes hermosas que remiten a estéticas de la tradición europea más genuina, con Durero, el expresionismo y los pintores flamencos asomando tras cada fotograma. Un guetto hecho de sombras, artificial, retorcido y oscuro; mazmorras que poco han de envidiar a las del visionario Piranesi; laboratorios humeantes y salones de techos altos, inhumanos, son los escenarios donde discurre el relato.
Y unas secuencias finales impresionantes, presididas por la resurreción del Monstruo, Golem mostrado en sabias tomas que enfatizan su caráter sobrenatural, colosal silueta que emerge entre el polvo y los escombros causados por su misma sed de destrucción. Y no es rara tal furia, porque esta vez no ha sido animada la criatura mediante el secreto nombre de Jehová, el Tetragammaton que el piadoso rabino estampara en su rostro, sino por el vocablo "Rebelión", palabra luciferina que una airada mujer escribe llena de odio sobre la fresca arcilla de su frente...  

2011-10-28

La Señora Frankenstein



LA FIGLIA DI FRANKENSTEIN (Lady Frankenstein)
Director. Aureliano Luppi. Con Joseph Cotten, Rosalba Neri, Paul Muller, Paul Whiteman. Italia, 1971.

¡Qué desacato! Pues no acabo de enterarme de que el doctor Frankenstein, un hombre algo enloquecido pero siempre revestido de clase y dignidad, ha procreado una hija de lo más desvergonzado. Y yo que creía que Basil Rathbone era el único vástago de tan ilustre varón...

Esto de los años setenta, con tanta desmitificación a cuestas, conlleva tales disgustos que me confirma mi decisión de quedarme a vivir en el pasado. Allí don Joseph Cotten era un galán de prestigio que había trabajado en El tercer hombre, Luz que agoniza o Ciudadano Kane, nada menos.

Aquí, en este desgraciado presente, es un pobre Frankenstein patilludo, envejecido y falto de firmeza y decisión que recibe la visita de su hija cuando está a punto de concluir uno de sus monstruos deformes. La niña, algo talludita, regresa de finalizar sus estudios para dedicarse, siguiendo la tradición familiar, a ayudar a su papá en sus eternos experimentos. Entrambos pergeñan, cómo no, una criatura monstruosa, calva, tuerta y más fea que Picio, que llena de instintos asesinos como está mandado, no tarda nada en enviar al otro barrio a palos al veterano y sufrido doctor, para lanzarse a ver mundo que es en el fondo lo que estos seres contra natura prefieren hacer sobre todas las cosas.

Hereda el laboratorio la moza, que resulta ser un zorrón desorejado que coge al tonto del pueblo -tonto, pero musculoso- y cerebro por aquí, operación por allá, trozo de muerto por acullá, se construye a su medida un hombre artificial especializado en satisfacer los caprichos sexuales de su insaciable ama. ¡Venga de zís y venga de zás, menudo escándalo!

Menos mal que la criatura de su padre, escarmentada en sus campestres excursiones por un público que en nada simpatiza con su otredad, acaba finalmente por regresar para poner las cosas en su sitio...
Y todo tomado en serio, sin chispa de humor, con una realización de modos modernos nada desdeñables, mal que me pese, como queriendo imitar a la Hammer esa yé-yé que tanto les gusta. Aunque lo que es a mí el soponcio ya no me lo quita nadie. ¡Serán sinvergüenzas estos italianos...! ¡Qué falta de respeto, dónde iremos a parar...!

2010-05-06

Terror en el TioVivo

En 1958, de la mano del colectivo de dibujantes independizados de Bruguera y en su propia publicación, el TioVivo, llegó este Especial Terror a los desprevenidos kioscos. No siendo, como no hemos sido, muy dados por estos pagos a lo fantástico, ya la coplilla de Bisturín da el tono por el que historietas y chistes van a discurrir: lo macabro, la crónica negra tan española, la chufla de aire costumbrista y descreído, aunque sea con temas hoy tan intocables como el de la llamada "violencia de género":


Cifré, Peñarroya, Conti, Escobar, nombres que todos deberían venerar, aportaron su esfuerzo. Línea limpia y depurada para historietas más gruesas de lo que aparentan. Para el final les he dejado esta simpática Serie de Suicidios, un tema que parece del agrado de los artistas pese a la prohibición expresa de la Autoridad Competente de representarlos en un tebeo. Durmiendo debía estar el censor cuando tales imágenes pasaron ante sus ojos de mala persona. Suerte que tuvimos.
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