Director: Harry Revier. Con Kamuela C. Searle, P. Dempsey Tabler, Manilla Martan. USA, 1920No puedo remediarlo: como buen urbanita del siglo XX que soy me fascina la criatura elemental

que Burroughs acuñase en sus novelas, arquetipo del todopoderoso hombre blanco en libertad, racista y violento y bla, bla, bla, bla que añaden los críticos materialistas históricos que a mí particularmente se me dan una higa. En otras palabras, que en esta casa se quiere mucho a
Tarzán. Casi tanto como a las películas de miedo, que ya es decir.
Claro que el pobre más maltratado no puede estar por el celuloide.

Y es que las películas clásicas, las que ustedes conocen con Johnny Weissmuller, no están mal y mantienen indudable encanto, pero convierten al Señor de la Jungla en un burgués bien acomodado en su choza arborícola. Y pelín retrasado, que no es capaz de aprender a hablar bien en más de doce títulos, tiempo de sobras para cualquiera.

No tienen épica ni conciben la aventura como gran espectáculo, como sí hacen los desafueros literarios del señor Burroughs. Traicionan el alma del personaje y construyen otro que más se parece a uno de tantos imitadores del modelo original. La excepción, como ya señalé
aquí, son las producciones del período silente.

Como este magnífico serial recién rescatado, fiel letra por letra a la novela, filmado sólo un par de años después de que ésta apareciese. Una fórmula que garantiza casi del todo un buen resultado, que bien sabía Burroughs lo que el espectador viene buscando: exotismo, emoción, mentiras y escapismo de primer orden.
Que aquí se encuentra a raudales. Sabrán que este
Hijo... es casi un remake de la primera historia del personaje; la protagoniza Korak, vástago de Tarzán que llevado por su instinto selvático abandona la mansión de los Greysto
ke (aquí nombrados Greysto
ne, vaya usted a saber por qué)

en Londres para largarse a las junglas africanas a educarse en taparrabos de la mano del encantador Akut, hombre vestido de gorila de los que tanta empatía me provocan. Pronto se hará con una moza, Meriem, niña blanca secuestrada por un vengativo jeque árabe, y con ella formará pareja arbórea en gozoso libertinaje.

Una plasmación de la acción sobresaliente, con piruetas, elefantes y leones como debe ser; un sentido del ritmo equilibrado, gracias al que todo sucede coherentemen-te a pesar de lo absurdo de sus planteamientos; unas interpretaciones sin tacha, tanto la de los personajes infantiles que protagonizan los primeros episodios como las del musculado Korak adulto;

una trama disparatada que asumimos como creíble, en la que no falta el imprescindible melodrama; una cámara inquieta que ensaya movimientos insólitos para año tan temprano como 1920; una fotografía espléndida que retrata la selva a la perfección y que está pidiendo a gritos una restauración como dios manda... escenarios naturales, tribus de negros hostiles, árabes recalcitrantes, malvados a barullo.

Raptos y persecuciones como en todo serial que se precie, que velocidad e inmediatez son las leyes del género.
Quince episodios, en fin, sin desperdicio, festín de auténtico cine pulp para paladares capaces de saborear platos de sabores intensos y genuinos como este.