ROBERTO ALCÁZAR vs. LOS GORILAS ASESINOS
A la carga vuelvo con ese filón inagotable de imágenes
y situaciones bizarras que es la colección facturada por Eduardo Vañó entre 1940 y 1975. Que si envidian ustedes sanamente a los mexicanos por poseer su propio Santo, consuélense pensando que por estos pagos tenemos a Alcázar, harto más maltratado aún que el ahora popular Enmascarado de Plata. Y sin embargo, sus méritos son casi los mismos. Vean sino sus buenas relaciones con ese animal real devenido icono del fantástico: nuestro antropide favorito, el gorila.
Habitante junto al encapuchado, el sabio loco y el gángster del mundo loco de estos tebeos, a menudo es objeto de perrerías por parte de sus compañeros: que si le trasplantan cerebros humanos, que si lo guardan en una jaula para zurrar a los enemigos, que si lo envían a matar a este o aquel... Menos mal que de vez en cuando alguien se acuerda de sacarlo a tomar unas cañitas...
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No sólo en la urbe se enfrentan el detective español y su ayudante con los siniestros simios. A lo largo y ancho de este mundo los encuentran, sea como habituales compinches de los hechiceros africanos al acecho de inocentes paseantes, sea en grupo y armados de cachiporras; gigantes como Pimbo o incluso amistosos anfitriones en su propia tierra.




Aliado de chinos malvados, motorista, objeto de la zoofilia de un gangster, alborozado espectador de la somanta que Roberto propina a un travesti: las mil caras del universo alcazariano vistas por un mono. Una cumbre estética del siglo XX.




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