






Cual si de piezas de Marcial Lafuente Estefanía se tratase, las novelitas de Frankenstein que el americano Don Glut escribiese hacia 1967 comenzaron a editarse por estos pagos en 1971 de la mano de Luis Gasca y su editorial Buru Lan.
NIGHT MONSTER
Ralph Morgan, que hace de paralítico mutilado, se los come a los dos con una interpretación grandiosa. Y es que el señor Morgan es talento a reivindicar, secundario de lujo y estrella del fantástico pobretón: fabricante de robots en The monster and the ape (1945), vampiro chupasangre en Condemned to live (1935) o monstruo acromegálico en The monster maker (1944). 






De la serie Las glorias del folletín, hoy presentamos...
SEVEN FOOTPRINTS TO SATAN
El pretexto es aquí la candidez de un pipiolo millonario, deseoso de partir a África en busca de una ciudad perdida, a quien para meter algo de sensatez en la cabeza su tío embarca en una aventura artificial y macabra que tiene por marco la casa de un supuesto señor Satán. Hasta allí será conducido junto a su novia una noche de tormenta y vivirá experiencias de pesadilla que le harán valorar la paz -y el dinerito- de los que dispone en el hogar familiar. Todo basado en una novela de Abraham Merrit, el mismo de Arde, bruja, arde. 





THE RETURN OF DOCTOR X
lícula no regresa ningún Doctor X que tuviese que ver con la anterior y exitosa producción de Michael Curtiz. Ni hay un sólo personaje en común, ni se alude a la trama de la supuesta primera parte. Embuste que le ha valido demasiado a menudo el menosprecio de los plumillas cinematográficos sin merecerlo en absoluto, porque se trata de un filme la mar de disfrutable y de bien hecho.
recuerda -y se anticipa- a los caminos que seguirá el fantástico en los años cincuenta. Que se parece más a The leech woman (1960) o The Woman Eater (1959) que al mentado Doctor X de Lionel Atwill, vamos.
Doctor Flegg, un hematólogo loco, con monóculo y perilla demoníaca, que le volvió a la vida tras su paso por la silla eléctrica. Vampiro de transfusión, casi tecnológico, capaz de saltarse a la torera los tabúes que afligen a sus congéneres, Bogart, al que el estudio relegó a esta producción en castigo a su indisciplina (¡sandios!) compone alguna escena inolvidable, como su primera aparición en el laboratorio acaricando amenazador un conejito blanco.














VILLAGE OF THE GIANTS
DOCTOR X
Varios elementos redimen un título que en los peores momentos se parece demasiado a un whodunit, ya saben, esas producciones en las que todo gira en torno a la pregunta de quién es el asesino, que a ser posible se encontrará en un gran caserón en medio de un grupo humano variopinto del que todos serán sospechosos. No suele faltar -aquí tampoco- el graciosillo sin gracia que tanto parecía gustar en Hollywood y que con su mala pata pretende rebajar la tensión nerviosa. Muy de moda en los treinta, el subgénero ha resistido mal el paso del tiempo, mal que me pese tener que reconocer fallo alguno en las entretelas del celuloide rancio. 
Pero, ay, cómo voy a quejarme si el guión gira en torno a una serie de asesinatos rituales, con canibalismo incluido. Y con Lionel Atwill, un grande al que dedicaré cuantas reseñas hagan falta, haciendo de cirujano misterioso y papá de Fay Wray, además. Lo importante de Doctor X es su estética, con esa mansión gótica repleta de laboratorios y aparatos, cacharrería científica tan protagónica como los actores que proclama orgullosa una nueva era de cristal, acero y electricidad.