2011-09-13

Onírico Nick Carter

UN EJERCICIO DE SURREALISMO Dicen que los surrealistas, con los señores Breton y Apolllinaire a la cabeza, eran devotos del contemporáneo folletín. Aserto que no ha de extrañar a nadie que frecuente a Harry Dickson, El Hombre de las Dos Cabezas, Mack Wan, Los vampiros del aire o el seminal Zigomar. Su norma ordena que sólo lo extraordinario merece ser narrado, lo que deviene muchas veces en feliz tour de force, capaz en su frenesí de generar imágenes de innegable poder fascinador.


Valgan como muestra estas ilustraciones interiores de uno de los títulos más populares, Últimos episodios de Nick Carter, traducción de los originales norteamericanos publicados en España hacia 1920.

Pocas veces asistirán a un desfile de prodigios tan notable. Demonios, hombres en llamas, barbudos gigantescos, señores vestidos de pollo. Imágenes absurdas y fantásticas que dinamitan en su fascinación por lo extravagante el equilibrado buen gusto burgués del momento. Y hasta el de ahora, si me apuran. Evocaciones de lo Profundo, del mundo onírico que tanto gustaba, ya digo, a los surrealistas; estampas en las que la realidad salta por los aires ante la irrupción de lo irracional. Su trazo tosco y primitivo le va como anillo al dedo para acentuar aún más la sensación de extrañeza. ¿Qué historias alumbrarán estos dibujos? Intenten imaginarlas, a ver si son capaces de explicar semejante despliegue de imaginación perturbada...

2011-09-08

Nanuk el Hombre Fiera

ESPAÑOLES EN TAPARRABOS Nostalgia de los bosques será, pero el caso es que las dos entradas aparecidas aquí después de mi larga estancia entre árboles, moscas y manantiales van casualmente de Tarzánidos. Un mito este de los más queridos en esta casa, ejemplo idóneo de ficción añeja de las que hoy no resisten estos tiempos de tiranía y corrección política. De todo dirían ahora de la criatura creada por don Edgar Rice Burroughs, de todo y poco bueno. Que si racista, que si colonialista, que si patatín y que si patatán. No fue lo mismo cuando apareció, allá por 1912. Entonces el colosal éxito del Hombre Mono lo que hizo fue que proliferasen las imitaciones, en un Occidente orgulloso y seguro de sí mismo. Sin complejos, que diría la derechona... Entre estos (muchos de los cuales pueden conocer a través del excelente blogo Colgados de la liana), un nada despreciable montón de ibéricas criaturas tarzanescas. Intención de este anciano es, les guste o no, presentarles a todos ellos. Justicia y no otra cosa es lo que me lleva a reivindicar aquí a Pequeño Pantera Negra, a Tamar, a Tirzá el dominador de las fieras, Ultus el Rey de la Selva o al mismísimo Tarzán el Niño Mono. Abultada nómina de Españoles en Taparrabos nacidos entre los años veinte y los cincuenta. Por alguno había que empezar, inaugura pues la Galería este Nanuk, el Hombre Fiera. Es colección de folletines editada por la catalana Gato Negro hacia 1930, traigo aquí todas sus portadas, para que noi se quejen. Nanuk es niño criado en la jungla cuando sus padres, hacendados en África, perecen víctima de un ataque de sus salvajes habitantes. Alberto Simpson es su nombre cristiano, Dolly hará las veces de Jane. Nanuk ejerce justicia en sus bosques, persiguiendo cazadores, matando caníbales, apuñalando rinocerontes de triste mirada. Exploradores a punto de ser devorados por cocodrilos, damas en top less acechadas por gorilas, traviesos elefantes o pérfidos blancos son habitantes acostumbrados en su mundo singular. Ganado a la civilización por el amor de su novia Dolly, Nanuk acabará por convertirse, como todo buen tarzánido, en un burgués educado y formal. Con el título de ingeniero bajo el brazo, criará a sus vástagos, varones como es debido, entre la urbe y la jungla, a fin de que conozcan las mañas y malas artes de ambos mundos y se endurezcan, viriles como él mismo. Se desconoce, como suele suceder en estas publicaciones, quienes son los creadores de Nanuk. El texto viene como siempre sin firmar, las cubiertas llevan a veces unas iniciales -J. A., que según me indica el sabio Dionisio Platel corresponden a J. Ariet, misterioso colaborador de Gato Negro del que bien poca cosa se sabe. Lo que no es óbice, desde luego, para ensoñarse con estas estéticas olvidadas, evocadoras y hoy casi definitivamente perdidas...

2011-09-04

Jungle Moon Men

JUNGLE MOON MEN
Director: Charles S. Gould. Con Johnny Weissmuller, Jean Bryon, Helene Stanton, Bill Henry, Kimba. USA, 1955
¡¡Ya estoy otra vez aquí entre ustedes, con mis amados legajos y celuloides!! Un momento este presente de esperanza y abatimiento, que el regresar del sueño a lo (llamado) real ha sido siempre proceso traumático. Nada mejor para combatir tan infortunado estado, compartido a buen seguro por más de uno, que una generosa ración de absurdo e intrascendencia: evasión, evasión, que es el consuelo más querido en esta casa...

Una jungla de mentiras, una troupe de enanos siempre dignos de interés, una trama increíblemente desvergonzada incapaz de rehuir un solo tópico, un puñado nada desdeñable de situaciones bizarras susceptibles de hacer sonrojar a cualquiera menos curtido en espantajerías que quien les habla... Y el grande y decadente Johnny Weissmuller oficiando de maestro de ceremonias de semejante desahogo fílmico. Ingredientes todos conocidos, ya lo sé, pero que consuelan y gustan a rabiar, como el sashimi, la fabada o la sopa del cocido. Nada nuevo, el reconfortante mecanismo del reconocimiento y la confirmación, placer no por primitivo inferior al que proporcionan otros platos más prestigiados, por más que como en este caso el condimento resulte zoquete y pobretón.

Una absoluta impostura esta Jungle Moon Men, en la que blancos pintarrajeados hacen de negros, jardines figuran junglas, enanos acromegálicos interpretan a una tribu de pigmeos y leopardos, leones o jabalíes provienen sin excepción de otras películas. Solo Weissmuller prescinde de cualquier disfraz y se interpreta a sí mismo, sin pretender ser Tarzán o Jim de la Jungla. Devorado por completo por sus personajes, ni se toma la molestia de adoptar seudónimo, encarnando bajo su propio nombre a un veterano explorador, acartonado rey de una selva de juguete en la que no falta ni siquiera un sosias de Chita, ahora llamado Kimbo.

Historia deslavazada, cansina y delirante que discurre entre cerbatanas, dardos envenenados, hechiceros, templos egipcios, cazadores ambiciosos, señores en trance, civilizaciones perdidas y hasta una Gran Sacerdotisa, inmortal como Ayesha, que acaba por convertirse en polvo una vez la exponen a la luz del sol. Y monos saltimbanquis que pescan con caña, y el diminuto Angelo Rossitto apareciendo fugaz entre los enanos, y diálogos majaderos y decorados de segunda mano. Perfecto refresco, la mar de adecuado para degustar en este tiempo de saldo y rebaja que se nos avecina..