
UN EJERCICIO DE SURREALISMO 
Dicen que los surrealistas, con los señores Breton y Apolllinaire a la cabeza, eran devotos del contemporáneo folletín. Aserto que no ha de extrañar a nadie que frecuente a Harry Dickson, El Hombre de las Dos Cabezas, Mack Wan, Los vampiros del aire o el seminal Zigomar. Su norma ordena que sólo lo extraordinario merece ser narrado, lo que deviene muchas veces en feliz tour de force, capaz en su frenesí de generar imágenes de innegable poder fascinador. 





Valgan como muestra estas ilustraciones interiores de uno de los títulos más populares, Últimos episodios de Nick Carter, traducción de los originales norteamericanos publicados en España hacia 1920.Pocas veces asistirán a un desfile de prodigios tan notable. Demonios, hombres en llamas, barbudos gigantescos, señores vestidos de pollo. Imágenes absurdas y fantásticas que dinamitan en su fascinación por lo extravagante el equilibrado buen gusto burgués del momento. Y hasta el de ahora, si me apuran.

Evocaciones de lo Profundo, del mundo onírico que tanto gustaba, ya digo, a los surrealistas; estampas en las que la realidad salta por los aires ante la irrupción de lo irracional. Su trazo tosco y primitivo le va como anillo al dedo para acentuar aún más la sensación de extrañeza. ¿Qué historias alumbrarán estos dibujos? Intenten imaginarlas, a ver si son capaces de explicar semejante despliegue de imaginación perturbada...

Evocaciones de lo Profundo, del mundo onírico que tanto gustaba, ya digo, a los surrealistas; estampas en las que la realidad salta por los aires ante la irrupción de lo irracional. Su trazo tosco y primitivo le va como anillo al dedo para acentuar aún más la sensación de extrañeza. ¿Qué historias alumbrarán estos dibujos? Intenten imaginarlas, a ver si son capaces de explicar semejante despliegue de imaginación perturbada...







































