Director: Henrik Galeen. Con Paul Wegener, Briggitte Helm, Ivan Petrovitch. B/N. Alemania, 1928.
Conocerán muchos de ustedes, quiero pensar, el mito de la Mandrágora, aquel que tanto agrado suscitó entre alquimistas y filósofos del Antiguo Régimen: creación de vida artificial, cuento prometeico por el que el hombre se iguala a Dios, semilla de todos los Frankensteines y su variada prole. Oigamos las palabras que le dedica el sabio Juan Eduardo Cirlot en su prodigioso Diccionario de Símbolos:
"Planta a la cual se atribuían virtudes mágicas por tener las raíces una figura parecida a la humana. Es una imagen del alma, en su aspecto negativo y minimizado, en la mentalidad primitiva". Añadiré yo que la mejor forma de fecundar una de estas plantas para obtener un homínido es recoger el semen de un ajusticiado en la horca y derramarlo a medianoche sobre la raíz en cuestión. Dicen que después de proferir horrendo aullido, vida consciente y ambulante se insufla en ella.
Hans Heinz Ewers, decadente escritor alemán de quien pueden saberlo todo si pinchan AQUÍ y van al sapientísimo Magazine de Entreguerras del Signor Formica, tomó esta primigenia idea para urdir una fábula morbosa y enfermiza que convirtió en novela titulada precisamente Mandrágora. Es la historia que sirvió de base al filme que hoy les traigo a colación.
Don Pablo Wegener, ese actor prodigioso de físico desbocado a quien todos ustedes conocen por ser El Golem (1920), es en este Alraune científico ensoberbecido empeñado en dilucidar hasta qué punto la herencia genética pesa sobre nuestras vidas. Para comprobarlo no se le ocurre mejor cosa que inseminar artificialmente a una prostituta con la semilla de un criminal condenado a muerte. El resultado es una niña a la que, como a la mandrágora botánica fecundada por el esperma de un ahorcado, faltará la llama de la vida.
Don Pablo Wegener, ese actor prodigioso de físico desbocado a quien todos ustedes conocen por ser El Golem (1920), es en este Alraune científico ensoberbecido empeñado en dilucidar hasta qué punto la herencia genética pesa sobre nuestras vidas. Para comprobarlo no se le ocurre mejor cosa que inseminar artificialmente a una prostituta con la semilla de un criminal condenado a muerte. El resultado es una niña a la que, como a la mandrágora botánica fecundada por el esperma de un ahorcado, faltará la llama de la vida.
O al menos eso se cree el perturbado Wegener. Deseoso de comprobar hasta qué punto mandan en la criatura los degenrados cromosomas de sus padres, manda el científico que la mocita sea educada en un internado monjil; sus malos instintos, ay, no tardan en aflorar. Fugada de semejante institución se convierte en perdición de los hombres, arruinando a un estudiante, un mago de circo y un domador de fieras. Cuando su mismo “padre” la pretenda, Mandrágora jugará con él hasta volverle loco de celos, castigo por haber querido igualarse a dios... como le sucedía a Erich Von Stroheim en el remake de 1952, del que ya les conté hace tiempo AQUÍ.
El filme recrea a lo grande el mito de la Mujer Fatal devoradora de hombres. Que no quiere decir otra cosa que hembra que ejercita su sexo –motor subterráneo de la película- en completa libertad. Cosa que como ustedes sabrán, provoca pánico en los corazones de los pobres machitos, soñadores de un dominio que se nos niega. Melodrama fantástico, un exceso de moraleja le impide convertirse en pieza mayúscula. Y un sentido del ritmo algo moroso, con perdón de don Henrik Galeen...
















































