2010-11-18

Mistress of Atlantis

MISTRESS OF ATLANTIS
Director: G. W. Pabst. Con Brigitte Helm, John Stuart, Jean Angelo, Gibb McLaughlin. Alemania, 1932.

Ya que con la película anterior nos hemos metido en honduras atlantes, buen momento será este para informarles de la versión que el ilustre Georg Wilhelm Pabst facturase de la obra del escritor francés Pierre Benoit "La Atlántida", un auténtico superventas desde su aparición en 1919 que ya había sido llevado al cine al menos una vez en la plúmbea superproducción gabacha de Jacques Feyder rodada al año siguiente.

Nada menos que tres versiones filmó Pabst de esta historia, una en alemán, otra en francés y una tercera en inglés -ya saben que entonces no había doblajes-, todas igualitas a excepción de los mudables actores, repitiendo únicamente Briggitte Helm que da vida a la soberana del desierto del título. Del desierto, sí, porque al contrario de lo que las fuentes platónicas indican, no fue el continente perdido tragado por las aguas, sino que se hundió poco a poco en las arenas del Sahara.
Dos oficiales de la Legión Extranjera son enviados en misión de paz a contactar con los tuaregs. Se encuentran con un bereber moribundo a quien salvan la vida; traidor éste como el tópico tiene mandado a los de su raza, les conduce hasta una trampa mientras sus acompañantes son muertos uno a uno por las flechas de ocultos enemigos que acechan entre las rocas. Capturados por los atlantes -unos moros tan corrientes como cualesquiera otros- se los llevan a su escondida ciudad, lo que queda de la Atlántida.

Con decepción y sorpresa descubrimos que éste no es lugar hermoso, ni se parece remotamente al sitio mítico entre antiguo y colosal al que otros filmes nos han acostumbrado. Pabst es hombre poco dado al fantástico, y de su mano la Atlántida se convierte en un cochambroso oasis, cashbah dormida bajo el sol donde vegetan indolentes una decena de personas con chilaba, lugar en absoluto seductor en el que no caben alegrías ni extravagancias.




Gobierna tan desolado poblacho la gélida Brígida Helm, habitante de un modestísimo palacio subterráneo lleno de columnas, leopardos amaestrados y danzarinas semidesnudas que aportan el único toque exótico. No tardan los franceses en caer rendidos a los pies de la soberana, enredándose en una forzada y elemental trama de amour fou, celos y pasiones desatadas, único momento en que Pabst parece sentirse a gusto en una historia incapaz de satisfacer a los amantes de la aventura, sin llegar en ningún momento a recrear el ambiente irreal que el relato está pidiendo a gritos.



No cae el espectador en el hechizo. Las argucias de la antigua bailarina de can-can convertida en Reina de los Atlantes, narradas con mañas de cine mudo, resultan insípidas; no se encuentra en ningún momento el tono onírico preciso, hasta su culminación en un final desangelado, previsible y algo torpón. Estéticamente disfrutable en algunas secuencias -el lirismo de las escenas del desierto, el partido que se saca a los muy ascéticos decorados- resulta historia envarada y solemne muy lejos de los goces que proporcionasen las anteriores obras maestras de don Jorge Guillermo, con aquella imperecedera Caja de Pandora a la cabeza...

3 comentarios:

angelpito injurioso dijo...

Según esta película,bien podría ser la Atlántida lo que aparece en las pinturas de las cuevas del Tassili...

Anónimo dijo...

...o cualquier barrio moruno de nuestras ciudades, con ánimo únicamente descriptivo... hay que reconocer que glamour esta Atlántida tiene más bien poco...

Sap. dijo...

Pues menos mal que el señor director no oyó a los voceros que situaban la mítica Atlántida en las Canarias... que si no, saca a un montón de tíos comiendo plátanos y pone de BS a los abuelos de Los Sabandeños, Abuelito.