LA LLAMADA
Director: Javier Setó. Con Emilio Gutiérrez Caba, Francisco Morán, Carlos Lemos, Tota Alba. España, 1965
¡Menuda joyita olvidada que traigo hoy bajo el brazo! Nada menos que una peli española de miedo, de antes que empezara eso que ahora llaman fantaterror de sangre, señoritas en sostén y monstruos con colmillos. No, señor, esta es de terror de otra clase, del antiguo, del que huye de criptas y se refugia en temores ancestrales. Rodada en 1964, es heraldo y pionero de la explosión de horror que asolaría poco después los cines de barrio peninsulares. La llamada es su título, y es elegante, sobria y de fantasmas. ¿Quién da más?
Dirige Javier Setó, hombre curtido en géneros varios, del épico medieval al fútbol pasando por la comedieta, el musical o el cine negro, y es obra que desde su fugaz estreno hasta hoy parece eso que dicen maldita, o de culto o como sea. Filme insólito a caballo entre las Historias para no dormir televisivas, en su espíritu más que en sus formas, harto más eficaces aquí- y la tradicional ghost story anglosajona, por cuyos aguas navega irreprochablemente. De hecho es tal cual una historia de Sheridan Le Fanu, Edith Warton o la Sra. Oliphant: comparte con todos su sentido del horror sobrenatural, la absorbente narrativa y su capacidad para acongojar.
Cuenta -con excesiva parsimonia inicial, pronto corregida- la historia de amor fou del jovencillo Emilio Gutiérrez Caba con una chica misteriosa que lo mismo se estrella en avión y se mata un día, que te llama por teléfono al siguiente... Y es que el territorio de La llamada es lo espectral, el espacio ambiguo entre este mundo y el otro que tanto frecuentaron los victorianos, y que aquí lleva al pobre Emilio desde Barcelona hasta una casa con aroma a cementerio en la Bretaña francesa. Canónica mansión encantada de aire gótico, de las de mucha madera, arcos en ojiva y asfixiante mobiliario. Y unos habitantes de echarse a temblar.
Elegantes aristócratas, gentes de orden de maneras tan frías, correctas y peligrosas que si dan ya escalofríos cuando se los topa uno en este mundo, imaginen si encima no sabe si están vivos o muertos o algo intermedio en todo caso mucho peor... Custodia el caserón don Víctor Israel haciendo el enajenado; habitan un Paco Morán de ultratumba que da auténtica desazón y un par de damas de moño en ristre, piel en hombros y una sonrisa macabra que ríase usted de Los Otros, los Orfanatos, los niños con baby y toda esa retahíla tan Edward Gorey hoy tan en boga.
Cine a contracorriente, comedido y eficaz, de puesta en escena, fotografía en sombras y encuadres academicistas con fuerte y agradable regusto clásico, de ese que prefiere antes sugerir que mostrar. Y no es que uno desdeñe monstruos ni artificios, ya me conocen ustedes, pero es que donde esté una buena historia de fantasmas... y encima de por estos pagos... menuda alegría...

















































