MARCELINO PAN Y VINODirector: Ladislao Vajda. Con Pablito Calvo, Antonio Vico, Juan Calvo, José Marco Davó. España, 1955.
A ver, ahora que nos bombardean los cristianos con sus rituales y sus folclores,
díganme: ¿quién entre ustedes, monaguillos vergonzantes, no ha pasado alguna vez terror, del bueno, del fetén, al ver en la tiniebla infantil de la iglesia esos santos, esas pústulas, ese aroma a incienso pasado y sudor de monja que encoge el estómago más curtido? Embutidos en sus ridículos trajes de marinerito, les veo tragando saliva al mirar de reojo a aquella señora que desde un altar lateral les contemplaba con los ojos arrancados en la mano;
al Tío Barbas ese de la capucha con llagas en las piernas que se las lamía un perro; la Muerta sin Tetas que aparece con una cuchilla y los senos sangrantes en una bandeja, o la carne momia, cual Pata del Mono, del brazo incorrupto de San Vicente que todos ustedes pueden ver y gratis en la catedral de Valencia; por no hablar de ese ser tan español que sale vestido de verdugo inquisidor cada Semana Santa medio empipado y dispuesto a tomar la calle con sus cofrades...
¡Menuda nómina de figurantes para una película de terror la de estos católicos, oiga! ¡Me río yo del maricón de Clive Barker! ¡Y además de los que dan miedo del de verdad, que veinte siglos de experiencia manteniendo acojonado a medio mundo les avalan!
A ver, ahora que nos bombardean los cristianos con sus rituales y sus folclores,
díganme: ¿quién entre ustedes, monaguillos vergonzantes, no ha pasado alguna vez terror, del bueno, del fetén, al ver en la tiniebla infantil de la iglesia esos santos, esas pústulas, ese aroma a incienso pasado y sudor de monja que encoge el estómago más curtido? Embutidos en sus ridículos trajes de marinerito, les veo tragando saliva al mirar de reojo a aquella señora que desde un altar lateral les contemplaba con los ojos arrancados en la mano;
al Tío Barbas ese de la capucha con llagas en las piernas que se las lamía un perro; la Muerta sin Tetas que aparece con una cuchilla y los senos sangrantes en una bandeja, o la carne momia, cual Pata del Mono, del brazo incorrupto de San Vicente que todos ustedes pueden ver y gratis en la catedral de Valencia; por no hablar de ese ser tan español que sale vestido de verdugo inquisidor cada Semana Santa medio empipado y dispuesto a tomar la calle con sus cofrades...
¡Menuda nómina de figurantes para una película de terror la de estos católicos, oiga! ¡Me río yo del maricón de Clive Barker! ¡Y además de los que dan miedo del de verdad, que veinte siglos de experiencia manteniendo acojonado a medio mundo les avalan! 
Hay otro fantástico, pues. El del cine pío y el del milagro. El gore cristiano de los martirios, la fantasía macabra del desdichado Marcelino o el terror sobrenatural que a todo mortal sensato inspira La Señora de Fátima. Cine de la imaginación. Voluntad de hacer creer lo imposible con tres pesetas, tal cual hacen los Corman de turno con sus cangrejos y pepinillos gigantes, solo que si uno lo piensa, con más mala leche.

Y si no, para muestra un botón: la joya del horror Marcelino Pan y Vino.
Cuenta la triste historia de una criatura abducida desde su nacimiento por una secta de fanáticos encapuchados que educándole en sus rigores y extravagancias terminan por volverle completamente loco. Habla solo, vive en solitario encierro, echa mierda sobre los viandantes y en su primera salida fuera del convento en cinco años casi hace trizas el pueblo.
El pobre acaba por delirar y en vista de que su suerte le ha predestinado para fraile o para guardia civil, decide que lo más sensato es morirse de una vez.
El pobre acaba por delirar y en vista de que su suerte le ha predestinado para fraile o para guardia civil, decide que lo más sensato es morirse de una vez. 
Paradigma del cine de estampita (¡aquí el milagro consiste en matar a Marcelino! ¡Menuda cabronada!) contiene momentos insólitos en abundancia (los monjes todos ya son bizarros de por sí) con decorados expresionistas y hallazgos de auténtico terror
(ese Cristo amigo de Marcelino es siete veces más macabro que cualquier psicópata de ahora mismo, con las manos perforadas cerniéndose sobre el infante y esa voz de ultratumba que meliflua trae la muerte). Iluminación y fotografía magistrales y dirección ampulosa como la historia requiere, que no en vano es de don Ladislao Vajda.
Inolvidables los planos del fiambre con el ídolo crucificado, y el del final, una toma fija de la tumba del niño... Un clásico del fantástico- mal rollo a redescubrir.
(ese Cristo amigo de Marcelino es siete veces más macabro que cualquier psicópata de ahora mismo, con las manos perforadas cerniéndose sobre el infante y esa voz de ultratumba que meliflua trae la muerte). Iluminación y fotografía magistrales y dirección ampulosa como la historia requiere, que no en vano es de don Ladislao Vajda.
Inolvidables los planos del fiambre con el ídolo crucificado, y el del final, una toma fija de la tumba del niño... Un clásico del fantástico- mal rollo a redescubrir.

















































