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2008-09-23

Mr. Wu

MR. WU
Director: William Nigh. Con Lon Chaney, René Adorée, Louise Dresser, Ralph Forbes. USA, 1927.
En alguna parte que ahora no me viene a la cabeza he leído que esta película no era de terror, que era un melodrama. Y es verdad, pero sangriento. Y de argumento tan extremo que le acerca al fantástico. Además, es de chinos con coleta, que son un icono del género, sale en un glorioso triple papel Lon Chaney, otro que tal, y encima es un festival del cine voluntariosamente artificial, cine de ambientes irreales como el del Canon del Terror de la Universal. Sobran pues razones para acogerla en el Desván.

Un festín visual, eso es más que otra cosa, en donde sin pausa ni pudor se exhibe cuanto icono pueda sugerir a nuestras mentes occidentales la palabra "chino": templos de triple tejado, tipos con coleta que se inclinan para saludar, estanques de nenúfares, bambúes y lotos, almendros en flor, mandarines de batín de dragones y largos bigotes, puertas redondas, ventanas octogonales... Todo lo que el imaginario occidental ha dado de sí al respecto.

A ver si resumo esta tragedia desquiciada en el tiempo necesario para que no se aburran. Un blanco adinerado residente en China enamora y deja preñada a la hija del ilustre mandarín Mr. Wu. Éste lo captura, y después de hablar cariñosamente con su equivocada hija, la degüella cermonialmente en el templo familiar para poder salvar su alma, dice. Consumado el primer acto, hace acudir a su mansión a la hermana y la madre del seductor y se apodera de ellas. Mr. Wu separa a la señora y le muestra a través de un ventanuco dos escenarios: en uno su hijo está atado junto a un verdugo que exhibe su mortal sable; en el otro se halla su hija, a la espera de que un chino muy feo y desgreñado se la beneficie ardorosamente. Ella será quien deba elegir entre sacrificar a uno u otro de sus vástagos.
Chaney está impresionante en sus tres caracterizaciones; como Abuelito Wu sesentón, Abuelito Wu octogenario y Mandarín Wu madurito y cruel. Creíble y comedido, con la gesticulación justa y con ese rostro de madera sufriente que tanto nos cautiva.

Y aunque el ritmo no es gran cosa, que peca un poco de avanzar a gatas, todo termina por perdonarse por el grado de enfermedad pasional generosamente exhibido en el guión, que sólo en esta época se dió pródigo y demostró ser muy del gusto del público. Y por la borrachera de arquetipos kitsch que nos meten de continuo por los ojos, exquisito chop suey visual para degustadores de cultura popular.

2009-09-20

The hatchet man

Peligro Amarillo presenta...

THE HATCHET MAN
Director. William Wellman. Con Edward G. Robinson, Loretta Young, J. Carrol Naish, Leslie Fenton. USA, 1932

Es don Guillermo Wellman, aunque su renombre no le haga justicia, piedra angular del cine clásico de Hollywood, como los señores Walsh, Hawks o el mismo Miguel Curtiz. Acuérdense los más flacos de memoria de sus poderosos -y decadentes- westerns Cielo amarillo (1948), Incidente en OX Bow (1943) o su antiheroico Búfalo Bill (1944). Canónicos.

Esta Hacha justiciera es lo que se dice una película de chinos, bien que sean muy pocos los verdaderos orientales que aparecen en ella. Los papeles principales corren a cargo de actores blancos maquillados, lo que refuerza el carácter eminentemente artificial con que el cine de Hollywood ha definido siempre lo Oriental. Maravillosos decorados llenos de dragones de madera, puertas circulares, templos entre lo raro y lo siniestro, jardines con lotos y mesitas bajas... todo recuerda otros títulos señeros del género, como el comentado por aquí Mr. Wu (1927).



Como aquella, esta es historia de deber, venganza y honor, de choque entre la vieja China y las nuevas costumbres que la occidentaliza--ción impone; melodrama criminal que gusta de cargar las tintas en los componentes macabros del relato. Edward G. Robinson es verdugo de un clan Tong de San Francisco, el equivalente chino de la Mafia, con sus familias, su jerarquía, sus asambleas y sus asesinatos.

Obligado por su juramento a ejecutar con su hacha a su mejor amigo -un J. Carrol Naish irreconocible que hace gala una vez más de sus cualidades camaleónicas transformándo-se en perfecto Hijo del Celeste Imperio-, Robinson acabará casándose con la hija de éste. Un prodigio de montaje es la escena de la decapitación de Naish, resuelta casi en silencio en una serie de planos tan morosos como intensos.



La amarga penitencia que hay que pasar por haber errado desde un principio el rumbo, la traición, la imposibilidad de redención sin castigo, la culpa, la mentira, la expiación: temas de los gordos que teje esta sorprendente Hacha justiciera, con tino y sin ínfulas, desde urdimbres aparentemente modestas.

Y formalmente, ¿qué les voy a decir? Guerras entre los clanes Tongs de Chinatown, adulterios a ritmo de jazz, sicarios a sueldo, tugurios de pilinguis chinas, todo con formas exquisitas que ya quisieran los modernos de hoy. ¿Quién sería capaz de resistirse a semejante tentación?