GENUINEDirector: Robert Wiene. Con Fern Andra, Albert Bennefeld, Lewis Brody, John Gotwott. Alemania, 1920.
Palabras mayores, nietucos, las que componen este mediometraje
(no alcanza los tres cuartos de hora) prodigioso y relegado. No es de extrañar, puesto que se debe al grandísimo artista Robert Wiene, quien lo afronta solo un año después de estrenar su imperecedero Gabinete del Doctor Caligari.
(no alcanza los tres cuartos de hora) prodigioso y relegado. No es de extrañar, puesto que se debe al grandísimo artista Robert Wiene, quien lo afronta solo un año después de estrenar su imperecedero Gabinete del Doctor Caligari. Viene a ser, aunque el argumento no tenga nada que ver, una continuación de las atmósferas surreales y enfermizas de aquél;
como tal, es pura miel y ambrosía visual para los ojos de todo espectador sensible. Pocas gentes como el señor Wiene han sabido recrear en imágenes cinematográfi--cas el mundo del subconsciente y la pesadilla con una fuerza y singularidad semejantes... 
como tal, es pura miel y ambrosía visual para los ojos de todo espectador sensible. Pocas gentes como el señor Wiene han sabido recrear en imágenes cinematográfi--cas el mundo del subconsciente y la pesadilla con una fuerza y singularidad semejantes... 
No puede ser de otro modo: se trata de una historia onírica, a caballo entre la vanguardia artística y los contenidos mágicos; como tal, algo confusa, abierta y susceptible de mil interpretaciones. 

Genuine, misteriosa hembra venerada como sacerdotisa por un hato de infieles, es vendida como esclava en un mercado en el que medio en porra se exhibe a las pobres víctimas del infame comercio.
La compra un señor con chistera, viejo y llamicoso, que la encierra en una habitación para contemplarla, sin atreverse a ponerle un dedo encima.
La compra un señor con chistera, viejo y llamicoso, que la encierra en una habitación para contemplarla, sin atreverse a ponerle un dedo encima. Transcurre en un universo absolutamente artificial, hecho de decorados distorsionados y extravagantes que traen a la cabeza algunas ficciones de Entre Guerras, los universos enfebrecidos y fantásticos de Alfred Kubin, Odilon Redon, Bruno Schulz y otros campeones de lo irracional.











