LAS MANOS DE ORLAC Director: Robert Wiene. Con Conrad Veidt, Alexandra Sorina, Fritz Kortner, Paul Askonas. Alemania, 1924.
Vaya, hasta ahora no me decidía a hablarles de esta película del ilustre Robe
rto Wiene por estimarla demasiado difundida, hasta manida y todo, siendo como es meta de este Desván divulgar filmes olvidados y hermosos cuya importancia ha pasado las más de las veces despercibida. Pero el caso es que el otro día pude verla de nuevo, y entre los méritos grandes que atesora y el hecho de que hace cerca de cuarenta años que la echaron por la tele, me han decidido a
traerla hoy aquí.
rto Wiene por estimarla demasiado difundida, hasta manida y todo, siendo como es meta de este Desván divulgar filmes olvidados y hermosos cuya importancia ha pasado las más de las veces despercibida. Pero el caso es que el otro día pude verla de nuevo, y entre los méritos grandes que atesora y el hecho de que hace cerca de cuarenta años que la echaron por la tele, me han decidido a
traerla hoy aquí. Aparentemente, y después de cumbres de lo artificial como El gabinete del doctor Caligari y Genuine, el señor Wiene factura aquí un filme naturalista, apegado a la realidad.
Mas no puede disimular su carácter de pesadilla, especialidad de la casa. Gusta de las sombras y las formas extrañas, y desde un principio, en secuencias como la del accidente ferroviario donde Orlac el pianista pierde sus manos, practica una estética m
acabra de sangre y parihuelas, recreándose en ese mundo de fuego, ruína y acero retorcido.
Mas no puede disimular su carácter de pesadilla, especialidad de la casa. Gusta de las sombras y las formas extrañas, y desde un principio, en secuencias como la del accidente ferroviario donde Orlac el pianista pierde sus manos, practica una estética m
acabra de sangre y parihuelas, recreándose en ese mundo de fuego, ruína y acero retorcido. Seguro que ya conocen el argumento de esta historia de mutilación y locura: es la de un pobre infeliz convencido de que las manos que le han trasplantado pertenecen a un asesino en serie, bajo cuyo influjo se siente impulsado a matar.
Horror al cuerpo propio y repulsa de uno mismo, nada menos. Conrad Veidt, primera estrella del cine de miedo, histriónico y atormentado, casi tan sonámbulo como Cesare el zombie caligariano, es viva imagen de lo insano. Sobre sus espaldas, y sobre las de la bella y sensual Alexandra Sorina, recae buena parte del peso del filme.
Composición, encuadres y decorados buscan la estilización máxima, como si la naturaleza real de los objetos añorase la del cartón pintado que poblaba anteriores obras de Wiene.
Habitaciones en penumbra, de puertas enormes, parcamente vestidas con muebles incómodos, desproporcionados, inhumanos en suma. Onirismo y obsesión son las claves de tan claustrofóbico relato.
Horror al cuerpo propio y repulsa de uno mismo, nada menos. Conrad Veidt, primera estrella del cine de miedo, histriónico y atormentado, casi tan sonámbulo como Cesare el zombie caligariano, es viva imagen de lo insano. Sobre sus espaldas, y sobre las de la bella y sensual Alexandra Sorina, recae buena parte del peso del filme.
Composición, encuadres y decorados buscan la estilización máxima, como si la naturaleza real de los objetos añorase la del cartón pintado que poblaba anteriores obras de Wiene.
Habitaciones en penumbra, de puertas enormes, parcamente vestidas con muebles incómodos, desproporcionados, inhumanos en suma. Onirismo y obsesión son las claves de tan claustrofóbico relato. Son estas Manos de Orlac -que cuando vi de niño, allá por 1924, me llenaron de pavor durante días-
obra maestra del expresionismo capaz de proyectar sobre la realidad una mirada única, febril y alucinada, que trasciende la folletinesca esencia del relato -está basado en una novela del excéntrico Maurice Renard- para ofrecer una sombría visión del mundo concebido como horrenda confabulación donde toda inocencia es aplastada. Filme tan lúcido como enfermo, lo que no hace, como ustedes bien saben, sino añadirle mayores dosis de interés y belleza.
obra maestra del expresionismo capaz de proyectar sobre la realidad una mirada única, febril y alucinada, que trasciende la folletinesca esencia del relato -está basado en una novela del excéntrico Maurice Renard- para ofrecer una sombría visión del mundo concebido como horrenda confabulación donde toda inocencia es aplastada. Filme tan lúcido como enfermo, lo que no hace, como ustedes bien saben, sino añadirle mayores dosis de interés y belleza.








