2008-01-22

MANOLÍN

MANOLÍN
Director: Manuel Valencia. Con Manuel Valencia, Lolo Mateo, Sagrario Valencia. Montaje: Luís Sánchez Toledo. España, 2007.

Señoritos, no se confundan. Que soy un viejales, sí; enamorado del pasado, también; devoto de lo rancio, puede ser; pero ignorante del presente… ¡¡No, de ninguna manera!! Aunque no lo parezca, bien que me entero de las cositas que hace su lamentable generación, sus fanzines, las tristezas españolas que pone la Guillén Cuervo, sus películas undergrún, … todo menos la música esa popi que los pone tan locos y que no se han dado cuenta aún que es una vergüenza. De lo que no tengo yo la culpa es de que el pasado atesore un número insondable de tesoros por disfrutar que el momento actual es incapaz de ofrecer; tal es la razón por la que nunca les hablo de nada que tenga menos de sesenta años. Pero ay, he visto Manolín, que es muy bonita y en pro de su educación están ustedes obligados a conocer; así que voy a darles cinco motivos como cinco soles por los que este anciano ha decidido romper con su costumbre e incorporar una cosa de ahora a su panteón particular.

1.- En Manolín no hablan. Y se entiende todo, y hasta se construye un mundo privado y único. A eso se le llama contar en imágenes, que tratándose de cine parece cosa de Perogrullo pero que es meta que la gran mayoría de películas que se hacen por estos parajes no llega a rozar siquiera.

2.- Es española, y sin embargo ni es triste, ni quiere parecer americana. Fantástico muy de aquí, reflejando ambientes verdaderos la mar de bizarros que ustedes tienen siempre a mano pero no saben valorar: la paella en familia, la Semana Santa, las ristras de embutidos, los huertos de naranjos o las playas vascuences. Nacional todo, pero sobrio, sin innecesarias folkloradas que remarquen lo obvio.

3.- No es amiguetil, lo cual nos ahorra el penoso espectáculo de ver a un montón de gañanes en estado de intoxicación recitando como tarugos ante una cámara inerte mientras hacen gracietas de patio de colegio. Aunque esté hecha con dos pesetas, en Manolín hay historia, y argumento, y hasta introspección, que se dice ahora.

4.- No hay guiños generacionales, ni pistolitas de plástico, ni iconos de los setenta tipo Mazinger o Naranjito, ni ese pasado de tienda Popland que tanto gustan exhibir los jóvenes ávidos de banderías. Aquí sale la feria, y payasos de juguete astrosos, chillones y desagradables, que con su machacona insistencia hacen que el espectador pueda asomarse a los peculiares abismos interiores del protagonista.

5.- No sale Jesús Franco, ni hay zombies, ni marcianos de los cincuenta, ni ánimos de emular a Ed Wood, que una cosa es el respeto a los maestros y otra la imitación chimpancesca de virtudes y carencias. Manolín es personal e inclasificable, como debiese aspirar a ser toda primera película, señores. Tomen candela.

LE ROMAN DE RENARD


LE ROMAN DE RENARD
Director: Ladislas Starewicz. Animación y creación: Ladislas e Irene Starewicz. Francia, 1930.

Ay, infelices, fascinados con el muchacho ese Timoteo Burton, que hace de pesadillas y navidades y niñas fiambres. Que sí, que están bien, pero que no inventa nada, desarrolla. Entre otras cosas la obra entera de este genio Wladislaw Starewicz o Starewitch o algo así, el más grande animador de todos los tiempos, capaz ya en 1912 de contar una historia de infidelidades, chanzas y venganzas protagonizada por insectos. Escarabajos, grillos, libélulas, saltamontes con botas movidos por stop motion para interpretar cuentos para adultos. No a lo Disney, aquí no se edulcora nada, que los bichos son de verdad, muertos y con un poco de goma en las patitas para poder moverlos. Hay que ser extraño para filmar así tus primeros cortos, como este polaco o ruso, que de todo se dice, entomólogo, cineasta apreciado del Zar, que con todo el barullo de la revolución se marchó a Francia y allí trabajó, poco porque no era comercial, hasta los años cincuenta. Con sus muñecos prodigiosos, como siempre. Animando demonios y maravillas en blanco y negro, evocando orquestas de ratas, cabarets del infierno, raspas amenazantes o puerros andarines. Títeres de formas imposibles captados fotograma a fotograma por este sabio loco. Y es que el hechizo del condenado eslavo este sólo lo tiene Meliés, La noche del cazador, Los Nibelungos, algún expresionista cabezón y poco más. Arte de encantar, señores, privilegio de magos.

Diez años se tiraron trabajando Ladislao y señora para estrenar su único largometraje, un clásico instantáneo que cuenta con bizarrísimos muñecos de animales vestidos como del Renacimiento las andanzas del zorro Renard, una fábula cínica en la que la astuta alimaña acaba salvado de la horca para sentarse a la derecha del Rey tras haber zurrado, estafado, traicionado y delatado a todos sus paisanos. Magia europea, pura y sin adulterar.

FRANKENSTEIN

Frankenstein
Director: J. Searle Dowley. Intérpretes: August Philips (Víctor Frankenstein), Charles Ogle (El Monstruo). Producida por Thomas A. Edison, USA, 1910.

¡Ea, señores, que no quepo en mí de gozo! ¡Ha tenido que ser él, don Tomás Alva Edison, el mismo que inventó la electricidad y las bombillas y no sé cuántas cosas más, el primero en promover una película de terror! ¡Frankenstein, nada menos! Hombre, estamos en 1910 y ya las cosas inanes de los hermanos Lumiere aburren a cristianos y musulmanes. Vale que las cuchufletas de Segundo de Chomón son maravillosas, y las fantasmagorías de colores pintados de don Jorge Meliés –que últimamente dicen que no le van bien los negocios- nos gustan tanto como al principio, pero esta es una película de verdad, con planteamiento, nudo y desenlace como debe de ser. Y eso que dura nada más que doce minutos y algo, que ya se sabe que en barraca de feria el público ignaro no gusta de concentrase mucho, pero en fin, sienta cátedra, asusta y regocija. Hay una cámara en plano fijo que capta toda la acción, concentradica, que sale la boda de Frankenstein y el ataque de la Criatura y los padecimientos morales del pobre doctor, que se da cuenta de lo que ha hecho y no le gusta nada. Un monstruo feo como como un demonio, con unos malos instintos que para qué. Y eso que esta vez no se confunden de cerebro, que no está hecho de cadáveres, sino creado a partir del fuego por un Frankenstein más nigromante que científico, bien que sepa ya apreciar el imapagable efecto estético de unas calaveras colocadas junto a probetas y legajos viejos. Escena terrorífica la del nacimiento del engendro, como un ninot quemado al revés, hecho carne de la misma llama ante nosotros... ¡Qué miedo! Y cómo desaparece, un conjuro y zas, se pasa al otro lado del espejo y se desvanece. Magia, ya se lo decía yo. Como la de estas imágenes de hace casi cien años... ¿O son de ayer? ¿Pero a qué día estamos hoy, repuñeflas?

THE DRUMS OF FU MANCHU

The Drums of Fu Manchu
Director: William Witney y John English. Con Henry Brandon, William Royle, Robert Kellard, Gloria Franklin. Republic Pictures. USA- 1940.

¡De rodillas todos, irreverentes! Hay que acercarse a esta película como los cristianos a misa los domingos: tomando por certezas unas alegres fantasías con las que se transportarse a otro mundo. El paraíso perdido de la serie Z, en nuestro caso, con sus convenciones todas bien colocaditas en su sitio para gozo eterno del creyente. Encima es de Fu Manchu, con lo malos que son los chinos, que ya lo avisó Sax Rohmer en sus escritos, y yo lo he leído un montón de veces y sé que hacen torturas y son crueles y quieren llevarse a nuestras mujeres. Y el peor de todos es el Diabólico Doctor; bien se encarga de dejarlo patente esta obra maestra del cine desarrollada en quince capítulos reyes absolutos del género. A pesar del bochornoso presupuesto, William Witney y John English son capaces de desplegar en estas cuatro horitas y media una serie de portentos que incluyen unas cuantos zombies dacoyts creados por Fu, joyas con poderes, templos con trampas mortales, estatuas que cobran vida, tambores que suenan presagiando la muerte, museos siniestros, aparatos mágicos, gongs, fanáticos encapuchados: maravillas sin cuento ni freno cuya fuerza plástica alcanza a veces las sublimes cotas estéticas de la Universal. Qué pulso narrativo, frenético como debe, que ya es sabido que en todo serial se corre mucho, y en este se trata de impedir que Fu Manchu se haga con el cetro de Gengis Khan y reúna de nuevo sus hordas amarillas. Escenas sublimes, como el ataque de las falsas figuras de cera que en realidad son zombis disfrazados, cualquiera de las muchas en que un impasible oriental acecha tras la puerta para asestar una cuchillada al blanco bueno o todas en las que sale el nefasto Mandarín, creación de un Henry Brandon glorioso con el cráneo afeitado, el gorro negro, las cejas pintadas y el regio batín de dragones dorados. Impresionante.

WEST OF ZANZIBAR

West of Zanzibar
Director: Tod Browning. Int.: Lon Chaney, Lionel Barrymore, Mary Nolan. USA, 1928.


Este buen señor de Tod Browning debe de tener el cerebro más perforado de lo que parece. ¡Pues no nos sale otra vez, como en Garras Humanas y Freaks, con sus obsesiones del circo, la degradación y la mutilación! Encima actúa Lon Chaney, arrastrando su cuerpo muerto cual magistral serpiente venenosa, en medio de una jungla eternamente húmeda y viviendo entre caníbales: imaginen, otra obra maestra del gran Browning. Febril y sucia. Una de esas historias de sacrificio, venganza y redención totalmente enloquecidas especialidad de la casa. El supremo Chaney, un prestidigitador traicionado por su esposa y su mejor amigo, no encuentra mejor forma de ganarse el pan que la de establecer su paralítico cuerpo en el corazón de la selva de Zanzíbar, donde gracias a la superstición de los nativos y a unas máscaras de lo más horripilante se convierte en hechicero y fantasmal ladrón de marfil. O sea, nada del otro mundo si no fuera porque la demencial historia que sigue transcurre entre danzas salvajes (¡harto más energéticas que las suyas, punkis de risa!), sacrificios humanos, ídolos tétricos y unos secundarios de lujo, dos gordos que están sudando todo el santo día, bebiendo y luciendo sus tatuajes, marranos de hace años. En fin, por avatares del destino Chaney se regodea en humillar a su propia hija hasta convertirla en un pingajo, haciéndola violar por toda la tribu de salvajes, convirtirtiéndola en alcohólica y dejando que vague medio desnuda, mientras se ríe de ella cuando le echa de comer en el suelo... Si esto es normal, que venga dios y lo vea. Los aspectos técnicos se los imaginan, que siendo la peli de quien es ya deberían saberlos soberbios. Amiguitos de lo mórbido, obligatoria.

MACISTE EN EL INFIERNO

MACISTE EN EL INFIERNO

Director: Guido Brignone. Int.: Ernesto Paganti, Bartolomeo Pagano, Elena Samparo. Efectos especiales: Segundo de Chomón. Italia, 1926.
¡Ni se les ocurra por un momento que por aparecer el glorioso nombre de Maciste les voy a hablar de una de romanos! Aunque mi forzudo predilecto apareciese hace ya algún tiempo en la desaforada fantasía peplum Cabiria (1914), al fin y al cabo no es más que un estereotipo, y además de segunda mano, copia de Hércules, por lo que igual puede enfrentarse al Zorro californiano en el Oeste que liberar a una bruja del siglo XVII bajando a los mismísimos avernos, como han demostrado un montón de veces actores sobrehormonados y directores majaretas. Y quien lo dude, que consulte la filmografía. El caso es que en esta última realización del talentudo Sr. Brignone el titán es un sanote campesino italiano de finales del diecinueve, robusto, devoto, algo simplón y de mandíbula prognática, como il Duce y Juan Centella, tan de moda los dos en esos años. Por azares del destino Maciste es tentado por el mismísimo Lucifer, empeñado en conducirlo a su mansión subterránea. Y menos mal que accede, amigos. Así podemos ver el Infierno, el de verdad, el Católico, que los otros no hay quien se los trague. Nada de abstracciones modernas: diablos con cuernos y rabo a tutiplén, berreando entre rocas sulfurosas e incordiando muertos de risa a los tristes condenados. Cortes y jerarquías satánicas impecablemente fotografiadas, con una estética teatral directamente inspirada en los grabados que Gustavo Doré dibujó hace unos años para La Divina Comedia. Bueno, es el caso que semejante zipizape no es del agrado de un hombre de sólidos principios como Maciste, que nada más llegar se pone a repartir leña entre la grey infernal hasta conseguir ganarse su respeto. Menos mal que entonces el Diablo Mayor lo invita a comer, y una bella súcubo lo seduce, y lo convierte en demonio y... hombre, no les cuento más. Veánla, que es una de las pocas aventuras escatológicas (¡en el sentido de más allá, ignorantes!) que el cine ha dado, y sin duda la más divertida, intrascendente y olvidada de todas, con una puesta en escena de barraca de feria de las bonitas, o sea, el summum artístico. ¡La sorpresa del año!

2008-01-21



VAQUEROS, ROBOTS Y CANTANTES DE COUNTRY
¡¡A ver, esos retrasados!! ¡A tomar asiento que va a empezar la lección! ¡Otra ración de cosas asombrosas y olvidadas rescatadas de entre las dulces mugres del desván del Abuelito!¡¡Se sienten, coño!! ¡Un respeto a la veteranía, a las cabezas mondas y al glorioso blanco y negro!

¡Hala, hala, no me salgan ahora con que no saben lo que es el serial, después de haberse gastado sus buenos euros en esta ilustre publicación! (1) ¿Se acuerdan de aquello que les conté hace unos días del folletín? Pues el serial es lo mismo pero en cine, y Europa es también su cuna. Todas las semanas nuevos episodios de Judex, Fantomas o Los Vampiros viven vidas simultáneas en el cine y en el papel en la Francia de primeros de siglo (del XX, zotes, que no existe otro); Fritz Lang rueda en Berlín las desopilantes aventuras del detective Kay Hogg contra los chinos del subsuelo en la mayúscula Las Arañas; y hasta por estas tristes tierras el olvidado Antonio Altadill dirige los ocho capítulos de Barcelona y sus misterios, con sus buenas dosis de encapuchados, calabozos y torturas genuinamente nacionales. Era 1915. En América, tan zafios ellos, se llevan más las de vaqueros, que acaparan abrumadoramente el género hasta los años treinta. Y eso que su universo está ya tan codificado y da tan poco de sí que para entonces se han convertido en películas mecánicas de un solemne aburrimiento, capaces de entretener sólo a la chiquillería menos selecta. Ya pueden suponer que viniendo como viene del denostado folletín, cualquier persona de orden negará al serial el más mínimo interés. Inútil buscar su historia en los textos más académicos. Una mención nostálgica, todo lo más. Pues que se fastidien. No sean ustedes tan burros como ellos y hagan caso al Abuelito, que al fin y al cabo si quiere desasnarles es por su bien, diantres!

DE LA PANTALLA A LAS TRIPAS

Así iba la cosa hasta que un buen día los señores Brower y Easton, dos especialistas en hacer maravillas con una cámara y tres pesetas, recibieron el encargo de la productora Mascot de dirigir un serial a mayor gloria de Gene Autry, un vaquero cantante, algo mariposón y completamente yermo en dotes interpretativas. Ante tamaño desafío ambos optaron por soluciones radicales. Ya está bien de vacas, indios y cuatreros. Vamos a mezclar el mundo de las camisas imposibles y las botas que dan tanta risa de los cow boys del country con los tebeos de ciencia ficción más enloquecidos. Unos decorados sobrantes de alguna de romanos, los necesarios stock shots y el vestuario que se usó hace unos años en un delirio de los de De Mille bastarán. Además, tenemos cartón para hacer robots y una sala de máquinas preciosa que nos dejan los de Just Imagination. Unos caballos, un rancho, un coche viejo y una avioneta para dar ambiente western, et voilá, ya está aquí el primer serial fantástico del sonoro, El Imperio Fantasma, doce episodios de 1935 cumbre y gloria del cine que se degusta con las tripas. Asalto a la racionalidad destinado a provocar la diversión más primaria y elemental, la que nace de ver comprimidas mucha acción y muchas cosas raras, sentido de la maravilla visceral, generador de imágenes ante las que no se puede ser neutral. Se aman porque es cine trabajado con fe absoluta en lo inverosímil, capaz de pasar con el mayor desenfado de un plano de vaqueros cantando viejos éxitos de los que gustan al Abuelito a otro de la sala de control hiper tecno de la ciudad de Murania. El hecho de que en la España de 1947 se estrenase como una aventura de Flash Gordon, cambiándose título y doblaje, no es sino el homenaje de un pícaro distribuidor a la naturaleza de broma inmensa que en el fondo es todo serial.

COUNTRY GLAM Y ASIRIOS EN CARNAVAL

El caso es que los amiguitos de Gene Autry, dos niños feriantes que se presentan como campeones del mundo de rodeo, descubren desde un rústico laboratorio que tienen instalado en el granero la existencia de una civilización subterránea situada justo debajo del rancho tan querido por el cantante. Qué les has dicho. A partir de ahí todo se dispara y los habitantes del subsuelo salen al cortijo cada dos por tres, mientras que en el Imperio fantasma cada quien entra y sale como Pedro por su casa gracias a una compuerta oculta en la roca y a un práctico ascensor flotante que desciende 25.000 pies -que vaya usted a saber cuánto son en medidas de gente decente- en un santiamén. Y lo que se encuentran allí es para verlo. La ciudad de Murania, un paraíso tecno dibujado del que no logramos que nos enseñen mas que una esquina, una escalera, la sala del trono y poco más. Bueno, sí. Máquinas, muchas máquinas. Bombas de radium, desintegradores, pistolones de rayos, bobinas, paneles de cristal, computadoras y trastos de cartón, todo en diseño como de art decó desquiciado; plástica fantástica seducida por el metal, la luz y la ciencia, en colisión frontal con la tosquedad del country paleto de Autry y los suyos. Ciencia mágica, la bonita de verdad. Y algún decorado precioso, como la sala del trono y la cámara de la muerte. Y es que si en Radio Ranch habitan al parecer una docena de vaqueros sin categoría alguna, en Murania la sádica Reina Tika encabeza una población de lo más singular, compuesta por unas docenas de visires, sacerdotes, guardianes y figurantes, ataviados con mucha lentejuela y oropel, entre lo babilónico y los trajes de moros y cristianos de Alcoy. Pero a ver si se van a pensar que todo es así, para la risa. Pues no, que el resultado, entre lo solemne y lo bufo, son imágenes de una fuerza que todavía arrebata. Vean si no el caso de los Hombres Mecánicos, hojalata pintada con purpurina. Se les ha llamado toscos ¡y un huevo! ¡Qué poder visual poseen los muy ladinos! Muy superior a cualquier modernillo de esos que hacen ahora por el ordenador. Donde esté la sinceridad y el cartón piedra...

CORRE, CORRE, QUE TE COMO

Cómo no adorar un guión cuya verosimilitud no va más allá de la necesidad de crear emoción continua, delicioso discurrir sin pies ni cabeza entre un mar de ingenuas bizarrías. Nadie parece saber muy bien qué hace en medio de este dislate, pero una cosa está clara: hay que llevar al espectador literalmente con la lengua fuera. El serial necesita el movimiento continuo y odia la reflexión y el tiempo muerto. Saltos, acrobacias, puñetazos, rayos de la muerte, trampas y zipotrancos atómicos, todo vale con tal de no parar. Carreras de los Jinetes del Trueno muranianos de un lado a otro del Radio Ranch. Avionetas y coches que no cesan de estrellarse. Persecuciones a cargo del club de fans del cantante, los Junior Thunder Riders, que cabalgan sin que se sepa porqué con una capa y un cubo de fregar en la cabeza. Corre Gene Autry más que nadie, porque sólo es dueño del rancho siempre que cumpla todos los días con la emisión en directo de sus alegres cantarelas, que si no se lo embargan. El pobre en realidad vive sometido a un estrés continuo, obligado a solfear contra viento y marea. Se le ve transmitiendo desde la ciudad subterránea, después de haber asistido al catastrófico fin del Imperio, e incluso una vez desde una avioneta mientras encañona al piloto y es perseguido con mísiles por los sicarios de la Reina Tika, y es que de hecho la intriga se estructura muchas veces en torno a si acudirá a trabajar o no. Lo de menos es que bajo sus pies existan una civilización oculta; lo que importa en realidad es el currito diario, que si no a ver de qué vamos a comer!! Pura filosofía hilbilly, señores. Velocidad e inmediatez son las claves. En la trama, en la realización, en la forma en que se consume la ración semanal de histeria y aventura. No hay que defraudar las expectativas que desde unas rotulaciones increíbles, como de rayos incandescentes, promete cada inicio de capítulo, que tienen además unos nombres que... que... ay, ay, ay, que se les ha olvidado a estos chicos de darme las midicinas y se me va la olla por lo filológico... -Venga, abuelito, la pastillita colorá... glú, glú, glú... -Ya etá, ya etá... a ver, a lo que íbamos...
(Nota: se refiere a la revista magazine 2000Maníacos, origen y santa cuna de muchos de estos artículos. ¡¡Que a ver si se la compran todos, perillanes, que ya está bien de leer al Abuelito de gratis!!

THE GORGON


LA LEYENDA DE LA GORGONA

Terence Fisher. Hammer Films. G.B. 1964

¡Pero que nietecillos más enrollaos y más pelotilleros tengo! ¡Pues no me han regalado una película que es en color como las modernas de ahora, cuernos!. Aunque la verdad, salen unos señores de lo más apañao, que saben actuar y así, que te lo crees lo que hacen y todo. Uno que debe ser más malo que la quina que se llama Pedro Cushing, y custodia una mujer meiga con serpientes en la cabeza, uf, y otro que es un corazón de buen alma que le dicen Cristóbal Lee, y que es un detective de lo sobrenatural, un incordiante del bien como quien dice. ¡Qué buenos intérpretes, los dos! Y la película, que hasta parece de la Universal y todo, con sus laboratorios y frascos sucios y nada del sexo y el erotismo ese que ahora sacan por todos laos que da asco a los cristianos, hombre! Un fantástico clasicote, contado con las reglas de la era pre- pop, y ambientado en el siglo XIX, el de los fantasmas de verdad, como debe ser, cojones!! ¡Qué decorados más artificiales, que fotografía, oigan, con colorines como de cuento de hadas, que es en el fondo de lo que va la película! Del lado negro de la mitología, que no es poco. Que lean ustedes –si es que saben, descerebrados- los textos originales y verán que los hay que dan más miedo que el carracuco. Tal que así lo han entendido estos niños ingleses: grande es el poder de una historia bien contada. Nada de metrosexuales medio maricones como el Van Helsing ese de ahora: señores de respeto, con clase, de los que saben comportarse ante cualquier horror. ¡Y con monstruo, y además femenino, y apareciendo entre una iluminación gloriosa! ¡Que me perdone San Jack Pierce, pero qué FX, demonios! Una agradable sorpresa, nietecitos. Da gusto saber que aún hay quien sabe hacer hoy terror del bueno. ¡Estén muy atentos a lo que haga en el futuro ese tal Terencio Fisher, que a juzgar por esta obra maestra parece un chico que promete!

2008-01-20


LEO TAXIL - El Diablo y yo

Por si no lo sabían, señoritos lectores, yo soy el Abuelito momificado que vive en el desván de arriba de su finca, y aquí estoy con mis legajos viejos y mis celuloides rancios dispuesto desde esta tribuna a desasnar sus cada vez menos jóvenes mentes. Hala, todos a hurgar en los enigmas del pasado, que se piensan ustedes, zopencos, que el Tiempo Primigenio de toda la Humanidad nació con la cosa del pop y la cultura juvenil y que antes no había nada ni bizarro ni nada y eso es una pamema de la que ya es hora que se enteren, mil diablos!!
Toca hoy ensalzar a una figura que presumo debiese ser más recordada, aunque teniendo en cuenta que los Bítels no lo sacaron en la portada del Sargento Pimienta ese de ahora, pues cómo iban a saber ustedes quién diablos era este señor. Pertenece por estética a la gloriosa era de los caballeros barbudos, los que ataviados de levita y chaleco y poniendo rostro circunspecto habitan esos grabados decimonónicos que con su aire vetusto y amarillento tan escaso interés parecen provocar entre las nuevas generaciones. Ay, infelices, vidas y hazañas como las de aquellos Maestros, los Therion, Táxil y compañía, no pudieron darse en marco más adecuado. Así que fuera prejuicios sandios y dispónganse a conocer a don Gabriel Jogang Pagés, alias Leo Táxil, profeta de la risa y el descreimiento y uno de los pocos hombres santos que este tiempo moderno nos ha dado.
Santo, pues con su sacrificio personal y renunciando a su bienestar en pro de mejores causas, se consagró a demostrar el evidente amor que en este mundo despierta la mentira frente a la verdad; tesis conocida y avalada por numerosas fuentes, desde don Timoteo Burton y su Gran Pescado a cualquiera de los sistemas religiosos, pero que Gabriel Jogang Pagés demostró por primera vez de forma empírica. Aferrarse a certezas de ultratumba, humana y necia condición, o elegir el escepticismo como forma de santidad.
Científico, dedicado durante años a desarrollar y llevar al éxito su experimento, aunque ello le supusiese reñir con su señora y renunciar a sus amistades.
Artista, entregado hasta el fondo a la realización de su obra, la vida misma transformada en pieza maestra más allá de sus muy numerosos y extraños libros.
Farsante, patrón de embusteros y catedrático de embaucadores; autor casi en solitario de la más colosal burla que la Iglesia Católica haya sufrido jamás, así se reveló con el tiempo el niño Gabriel Jogang, venido al mundo en Marsella en 1854 en el seno de una piadosa familia de clase media del Puerto Viejo de la ciudad.

Un tiempo de mil demonios

1888. Lucía Claraz, una feligresa de Freiburg, devota practicante, es acusada en la prensa católica francesa de tomar parte en orgías, acostarse con el Demonio y robar hostias consagradas. 1891. Adriano Lemmi, banquero de la revolución italiana y Gan maestre de la Francmasonería de su país, es nombrado Pontífice Luciferino y autorizado a despachar con Satanás en persona todos los viernes a las tres de la tarde en los sótanos de un palacio florentino. Nunca escribe una línea si no es con una sagrada forma atravesada en la pluma que le regaló su demonio protector Sybacco. 1891. El renegado Abate Luis Van Haecke escandaliza a la sociedad parisina con la celebración de varias misas negras. Se cuenta de este clérigo que para mejor profanación y blasfemia se ha hecho tatuar el rostro de Cristo en las plantas de los pies. 1892. Domenico Marggiotta, caballero de la Orden Pontificia del Santo Sepulcro, publica con éxito inesperado su libro El culto de Satán Lucifer en los Triángulos masónicos. 1895. El periódico eclesiástico La Croix revela que gracias a la intervención milagrosa de Juana de Arco, la señorita Diana Vaughan ha podido librarse de la tentativa de envenenamiento que la Bisabuela del Anticristo había preparado contra ella…
…¡Y le llaman el Siglo de la Razón! ¡Menudo es el diecinueve! Noticias como estas abundan en los años finiseculares, tiempos proclives a lo oculto, esa afición bonita y un poco ridícula que impregna la época como un negativo de los logros científicos y técnicos que han terminado por forjar su imagen. Los días de auge de Leo Táxil coinciden con el apogeo de la orden secreta británica Golden Dawn, capaz de atraer con sus ceremonias las mentes brillantes y reaccionarias de Arthur Machen, Algernon Blackwood o W. Butler Yeats. Por entonces Don Aleister Crowley, otra figura bañada en santidad, se revela como el Logos del Eón, proclamando universalmente la Ley de Thelema; Madame Blavatsky por su parte funda la Teosofía y revela a los inmortales suprahumanos que gobiernan nuestro destino. Algo antes, en 1854, el mismo año en que Táxil nace, el mago Eliphas Levi edita su Dogme et Rituel de la Haute Magie, que no pasa precisamente desapercibido. Joris Karl Huysmans publica en 1891 la novela La bás, biblia del decadentismo teñida de aromas satánicos y de añoranza de fe e irracionalidad; más tarde el escritor, en una pirueta extrema, aspirará sin éxito a ser admitido en un convento de frailes cartujos… La sombra de Satanás, el bonito, el de verdad, el demonio con cuernos, perilla y rabo, se proyecta sobre el fin de siecle como si en el estertor de su gloria hiciese última demostración de espanto ante los fieles católicos.
La masonería, la secta de las sectas, que en la práctica funcionaba como una especie de Opus Dei medio profano encaminando la promoción de sus miembros en los puestos de poder, se convierte en estandarte de ideas liberales y por tanto enemiga acérrima de la Iglesia Católica, que la acusa de encontrarse detrás de la liquidación de los estados vaticanos y la contempla como amenaza laico racionalista dispuesta a acabar con sus privilegios y sus bienes, algo parecido a lo que hoy ocurre con nuestra entrañable Conferencia Episcopal. El secretismo y la afición por rituales y teatrillos que caracteriza la asociación de los hombres del mandil la convierte en blanco fácil de especulaciones de lo más diverso, cosa común por otra parte a cualquier grupo hermético, sea de Legionarios de Cristo o de seguidores de Antón LaVey, y que por eso mismo los hace la mar de populares entre un público siempre ansioso de mentiras sensacionales.
El caso es, por centrarnos, que el niño Jogang, antes de cambiarse el nombre, crece sumergido en un humus de credulidad, ansias de trascendencia, aromas de azufre y búsquedas espirituales disparatadas que forman parte del pathos de la época, tanto como los grandes inventos o las corrientes de libre pensamiento que contra viento y marea se van abriendo paso.


El despertar del genio

Es 1873. Nuestro hombre ha terminado brillantemente los estudios de bachillerato en el colegio de padres jesuitas de su localidad natal. Tiene diecinueve años, y en un primer destello de talento decide fundar una revista, La Marotte, de la cual es administrador y colaborador único, y desde la que intenta practicar periodismo amarillo avant la lettre, un objetivo honesto pero difícil de alcanzar desde una ciudad provinciana como la Marsella de su tiempo. Una circunstancia extraordinaria acudirá en auxilio del periódico, que verá aumentar espectacularmente sus ventas.
Misteriosas cartas empiezan a recibirse en la Prefectura, enviadas desde distintas localidades costeras y firmadas por pescadores que suplican auxilio ante la terrible plaga de tiburones que infesta las riberas. Los escalofriantes testimonios de marinos acosados por escualos hacen que el pánico se extienda rápidamente, cerrándose los accesos a unas playas que van a quedar desiertas durante semanas. Las autoridades se ven obligadas a tomar medidas que tranquilicen a la población, y el general Espivent, uno de los responsables de la represión de la Comuna, es enviado desde París al frente de una brigada de cien fusileros para acabar con los monstruos.
Las puntuales crónicas del joven reportero de La Marotte, que dedica al tema de los tiburones casi todas sus páginas, describen una solemne despedida en el puerto al barco de la Armada que se dispone a imponer el orden en las aguas, entre fanfarrias de orquesta, banderas, gritos patrióticos y el entusiasmo del alcalde y demás fuerzas vivas. Días enteros patrullando la rada sin avistar ni un miserable marrajo hacen que cunda el desánimo entre la tropa y fuerzan el regreso del buque salvador con el rabo entre las piernas. Ante tan magros resultados, las autoridades emprenden una investigación que pronto desvela datos asombrosos: en sus supuestos domicilios no se conoce a ninguno de los remitentes de las alarmantes misivas; una vez comparadas, se comprueba que la letra con que están escritas todas ellas es sospechosamente semejante…
Diecinueve años, repito, tiene Táxil cuando lleva a cabo su primera broma. Qué precocidad. Revuelta contra la autoridad, colosal gamberrada, acto genuinamente punk… Leo decide denominarlo broma, pues como tales afronta en lo sucesivo las manifestaciones de su arte. De gozosas, divertidas e instructivas las calificará, bien que sus destinatarios no muestren su elegante talante a la hora de encajarlas. Él nació farsante, dirá más tarde, para sentir…”ese delicioso placer que la mayor parte de las gentes ignoran, pero que es bien real; esa alegría íntima que se experimenta frente a un adversario, sin malicia, sólo por divertirse, por reír un poco”. Lástima que el poder no entienda de tan sanas intenciones, y el órgano de expresión de Táxil sea obligado a desaparecer de los kioscos de mala manera.


La ciudad sumergida

Quien está guiado por su Verdadera Voluntad se crece ante el infortunio. Leo Táxil –bautizado ya con el nombre con que conquistará la gloria- funda otras cabeceras, que le van cerrando sucesivamente, y entre tanto y para mejor aprovechar sus habilidades sociales, emprende varios negocios de chantaje que si bien resultan rentables le valen una condena de ocho años de prisión que le obliga a salir por piernas hacia Suiza. Vaya, qué quieren que les diga, distracciones tal vez no del todo inocentes, vanos intentos de abandonar su vocación poética, que hay que disculpar en un espíritu inquieto y con tan rara percepción para el conocimiento exacto del carácter de los hombres.
Entre unas cosas y otras va pasando el tiempo; algo más de un año hace de la estancia de Táxil en Ginebra cuando las redacciones de los grandes periódicos europeos son informadas detalladamente de los trabajos realizados por varios equipos de arqueólogos en su esfuerzo por explorar una ciudad romana sumergida bajo las aguas del Lago Leman. Sabios de todo el orbe acuden a las lacustres inmediaciones; nace una provechosa industria de paseos en barca, que guía a los visitantes sobre lo que queda de amplias calles y avenidas que mal se adivinan en las profundidades; un investigador venido de Polonia redacta un informe en el que describe el trazado de una plaza donde asegura se vislumbran los restos de una estatua ecuestre; otras noticias aparecidas en medios especializados –difundidas en la prensa por los informes que llegan regularmente desde Ginebra- fechan la misteriosa ciudad, dando por cierto que se edificó en el siglo tercero antes de Cristo… En fin, para qué contarles más. Siempre dispuesto a espantar el aburrimiento y en su afán por explorar los límites de la fe, Táxil acaba de favorecer a la humanidad con la ilusión de una nueva Atlántida. El entusiasmo que el público muestra ante sus embustes, la actitud cercana al agradecimiento que los embaucados han experimentado, la facilidad con que los medios admiten lo inverosímil, todo confirma a nuestro hombre lo acertado del sendero iniciado. Es hora de pasar a mayores, la fiesta debe continuar. Francia declara una amnistía y Táxil puede regresar y establecerse en París, desde donde emprenderá la tercera etapa de su particular camino de perfección.

La feria celestial

Demos, parece decirse el genio, afán y utilidad a nuestra fantasía; no sea estéril nuestro talento y aplíquese a mejorar el mundo. Y dicho y hecho. Con su prodigiosa capacidad para aunar su propio interés con el afán de hacer el bien a la humanidad, Táxil funda en la capital una editorial destinada a acoger sus obras y las de sus colaboradores más íntimos, la Librería Anticlerical.
En tiempos en que la Iglesia se resiste como gato panza arriba a ser separada del estado; cuando territorios y poder temporal del papado han caído en picado gracias a la revolución italiana, hay fuerzas políticas que permiten y hasta fomentan -en según qué circunstancias- que los súbditos de a pie puedan por fin dar rienda suelta a su descreimiento y su ira contra todo lo sacro. Entre palo y palo, claro, y sólo en algunos momentos y países. Florecen aquí y allá los semanarios satíricos, las ediciones baratas, los folletines por entregas de orientación librepensadora. Es la edad de oro de la caricatura y la prensa gráfica, y reírse del poder, además de sano ejercicio practicado desde siempre en la clandestinidad, se convierte en negocio legal y rentable. Hasta en la católica España hay grupos de descastados dispuestos a arremeter contra lo establecido, como el colectivo libertario que lanza en Barcelona la Biblioteca de los Sin Dios, responsable de libros clarividentes como Jesucristo homosexual, Las mentiras de los apóstoles o el definitivo Jesucristo, mala persona. Buen ambiente, pues, y buenos tiempos para que el pionero Táxil, sobrado de gracia e imaginación, ponga la simiente e inicie su cruzada contra la clerigalla.
Pueden imaginar en estas circunstancias el justificable grado de cabreo que desde que accede a la silla de San Pedro posee al papa León XIII, encargado de guiar la grey católica en una época en que los poderes averno-liberales parecen haberse aliado para desterrar el cristianismo de Europa. Y es que este León XIII es un conspiranoico que sabe de primera mano que no está el horno para bollos, vivas como tiene en su memoria las imágenes de una enardecida multitud intentando arrojar al río Tíber los restos de su antecesor Pío IX mientras él, recién nombrado, intenta oficiar las exequias a trancas y barrancas. Todavía no se ha inventado eso del aggiornamento, el concilio vaticano, la misa en lengua vernácula, el viva la gente, las monjitas ye-yé, la teología de la liberación y demás parafernalia del siglo XX, y el único recurso que la Iglesia conoce contra los ataques orquestados por el Maligno son aspersiones de agua bendita, rosarios y milagros, que en este tiempo fascinante y entregado a lo sobrenatural no faltan en absoluto.
Se aparecen la Virgen de Lourdes, la de Fátima, que es la misma de antes pero como en más pobre, y otras varias que dictan sermones, hacen dibujos y regalan escapularios Made in Heaven; falta poco para que lleguen las visiones de Ezkioga, en las Vascongadas, con sus docenas de médiums e iluminados; para que llore sangre el santo Cristo de Limpias, en Santander; para que florezcan místicas y santas como la italiana Gemma Galgani, que sublima en el cuerpo lacerado de Cristo sus ardores más profundos, o la estigmatizada Therese Neumann, que no conoce más alimento que la hostia consagrada; en fin, todo el arsenal bizarro y extremo que la Iglesia suele sacar a pasear cuando se siente amenazada.


El cura, culo de mono

Durante los siguientes cinco años y pico, Táxil se convierte por méritos propios en uno de los más significados enemigos de las jerarquías eclesiásticas. Desde su Librería Anticlerical se suceden las publicaciones populares dedicadas a las más divertidas blasfemias. Nada de gruesos e incomprensibles tratados filosóficos o elucubraciones racionalistas: cuadernos baratos, risa y chirigota más o menos sutil, aderezada por los componentes comerciales que nunca fallan, el sexo y la violencia.
Coleccione usted los folletines semanales Pío IX, sus vicios, sus locuras, sus crímenes. Entérese de la verdad leyendo el clarificador opúsculo León XIII, el envenenador. Compre nuestras novelas sociales ¡Abajo los curas!, El hijo del jesuita o Una jornada de León XIII. Instrúyase, señor, con los reveladores ensayos Las sotanas grotescas, Los crímenes del alto clero contemporáneo y Las necedades sagradas. Vea, vea qué se cuece tras los muros de los conventos comprando Las pícaras religiosas, Los amores secretos de Pío IX o El cura, culo de mono. Tan apetecibles ediciones, ilustradas con los preciosos grabados de un tal Pepín, dan sus buenos réditos a nuestro hombre, que alcanza por fin posición económica desahogada.
Fecundo fabulador, su labor divulgativa amplía horizontes con la resurrección del mito de la Papisa Juana, la impostura de una mujer que se hizo nombrar pontífice, y que para evitar nuevos engaños obliga desde entonces a comprobar la virilidad de los sucesivos ocupantes de la silla de san Pedro mediante trono agujereado y tocamiento ad hoc durante la ceremonia de coronamiento papal; y sobre todo con la edición de los llamados Manuales de confesores, supuestas guías para que los sacerdotes extraigan información sobre las “cuestiones viciosas” de los feligreses que en manos de Táxil devienen material porno tan explícito como las Biblias de Tijuana y se convierten de inmediato en verdaderos best sellers.
Todo marcha por su camino, Táxil se ha casado, ha alcanzado la estabilidad, es un respetado dirigente de la influyente Liga Anticlerical y vive plácido como un buen burgués, pero el sello del genio es la disconformidad, y Leo, maduro y sabio, empieza a concebir su Gran Obra, la grandiosa broma a la que se dedicará en cuerpo y alma durante los próximos doce años y que ha de acarrearle gloria inmortal.


El converso y los masones

París, 1885. Una agitación secreta e incontenible hace temblar las sotanas del Palacio Episcopal. Hay noticias fidedignas de que un jesuita ha escuchado de labios del propio interesado la confesión y arrepentimiento de un alma hasta entonces ganada por el Malo, nada menos que la del impío Leo Táxil. Al asombro que sigue a semejante rumor pronto ha de unirse un documento decisivo, la carta que el pecador arrepentido remite para su publicación a los principales periódicos y círculos de poder católicos, en la que el fundador de la Librería Anticlerical abjura de sus errores y solicita ser acogido en retiro espiritual que le permita ahondar en la fe y que confirme ante los escépticos la verdad de su conversión. Presta a salvar un alma, la Iglesia asigna como padre confesor del antaño librepensador a un hombre suspicaz y desconfiado, un viejo capellán militar que acaba de hacer sus votos en la orden negra de San Ignacio de Loyola. Leo escucha humilde los sermones, pasa una y otra vez las páginas de los piadosos textos que ahora son sus lecturas, y bajo la mirada vigilante del sacerdote acude diariamente a tomar la comunión.
Para colmo, en julio se le expulsa con toda solemnidad de la Liga Anticlerical; sus amigos le vuelven la espalda y hasta su mujer se plantea la conveniencia de continuar casada con el nuevo beato. Además, Táxil, basándose en informes sobre personas desaparecidas, confiesa a su tutor un crimen que dice haber cometido tiempo atrás, lo que convence por fin al jesuita de que se halla ante un hombre sinceramente deseoso de expiar un pasado atroz. Leo es acogido con recelo en el círculo de capellanes, cardenales, arzobispos y plumillas católicos que desde entonces van a constituir su ámbito social; sin embargo la publicación de su libro Los hermanos Tres Puntos, en el que revela desde su experiencia como antiguo masón la naturaleza satánica de la secta le hace ganar muchos enteros entre lo más selecto de la reacción. Gracias a las numerosas condenas de la Masonería dictadas por León XIII, el terreno está abonado para seguir por esta senda.
Muy pronto los lectores católicos son informados con todo detalle de la nómina de crímenes y extravagancias que constituye actividad principal de la Orden. Asesinatos encargados por los masones, entre ellos, los del general Prim en España o el de Monsieur Saint Balmont, agente de policía de Lyon a quien los miembros de la secta emparedaron vivo; repugnantes ceremonias de iniciación en las logias, celebradas con el lenguaje rimbombante y poético del ocultismo del que nadie entiende gran cosa pero que resulta de una sonoridad y un efectismo tremendos (ya saben: “Hermano A::A, de la masonería Selvática Carbonaria, ordenado Caballero Kadosch por el Gran Maestre de Babilonia, saluda al iniciado O::O, en su grado de Presidente tres veces Invicto conferido por el Rey de Tiro en nombre de Adonai, etc, etc”), y que incluyen cabezas decapitadas empaladas en postes, manos de piedra que cobran vida y apariciones del demonio Baphomet, el de los Templarios, que también en esto de mezclar alegremente temas esotéricos de lo más diverso es don Leo un precursor.
El público acoge fascinado y crédulo revelaciones cada vez más sensacionales, que Táxil ofrece al mundo en forma de folletones por entregas. De este modo se sabe de la presencia ubicua del Príncipe del Mal, que lo mismo toca el piano transformado en cocodrilo en la logia de Zurich que se dedica a corretear tras sus fieles blandiendo la cola del león de San Marcos. La puesta en escena teatral de los rituales masónicos va a facilitar la mezcla de verdad y alucinación necesaria para unas descripciones que van a turbar las mentes de media Europa.


El Ejército de Satán


La Masonería satánica, llamada Palladismo, está presidida por Albert Pike, el Pontífice de Lucifer, un político liberal de Boston que en su juventud convivió con los pieles rojas y luchó en el ejército de los Confederados, según informa el Muy Sabio y Reverendo José Antonio Ferrer Benimeli, autor de El contubernio judeo-masónico-comunista y experto número uno en el tema Táxil. Pike posee una pulsera con la que hace aparecer al diablo a voluntad. Le basta con hincar la rodilla derecha, elevar la mano izquierda ligeramente vuelta hacia el cielo, besar la tierra y decir una ristra de palabras incomprensibles que constituyen la lengua de los avernos: “¡Imihäel!...¡Deus sanctus, excelsus excelsior!...¡Athanatos!...¡Inglod! ¡Einköel! ¡Bagdel! ¡Lucifer, Lucifer, Lucifer!”, así hasta que a la tercera llamada el Malo aparece elegantemente, y por ejemplo se lleva al general Pike a dar un paseo por Sirius, el más bello planeta del universo según el decir de los astrónomos. Bajo la autoridad de Pike –y más tarde del banquero Adriano Lemmi- están todas las logias, con sus variantes de Masonería Selvática, Capítulos o Masonería Roja, Areopagos o Masonería Negra, Dirección Suprema o Masonería Blanca, y la singular Masonería de Señoras, con sus Adelfos, sus Compañeras de Ulises, sus Banquetes Andróginos y sus Diversiones Misteriosas. Es sabido que cuando una de estas damas se inicia en la Orden, la estatua de Eva que preside el Templo de Charleston se transforma en la súcubo Astarté y toma vida para besar a la adepta…
Con revelaciones como estas y otras semejantes –la ocasión en que Táxil se sentó y fue mágicamente expulsado del Trono Infernal de Lucifer, o su visita a los subterráneos del Peñón de Gibraltar, fábrica donde legiones infernales dirigidas por Tubalcaín el Maldito se afanan en la confección de talismanes mágicos- los católicos no salen de su asombro, y puede entenderse fácilmente el agradecimiento enorme que sienten hacia el hombre que les ha puesto en guardia ante semejantes peligros. Sus libros se traducen al inglés, al italiano, al ruso, al polaco, al español, y se venden por decenas de miles de ejemplares proporcionando al autor pingües beneficios y renombre mundial.
Las autoridades eclesiásticas están tan entusiasmadas que Táxil no tarda en ser recibido en audiencia privada por el mismísimo León XIII, ante cuyos pies se postra llorando y expresando su deseo de morir después haber besado sus sagradas plantas. Táxil es un santo en vida, con tal fama que hasta un canónigo de Friburgo irrumpe en su casa solicitando que le haga un milagro: “…-No importa cuál… qué sé yo… tomad por ejemplo esta silla y transformadla en bastón, en paraguas…”. Cuenta nuestro hombre que aunque fue incapaz de corresponder a los deseos del párroco, éste le envió al volver a su hogar “un inmenso queso de Gruyére, sobre cuya corteza había grabado con un cuchillo inscripciones piadosas y jeroglíficos de un misticismo desmelenado; un excelente queso, por otra parte, que jamás se terminaba y que comí con infinito respeto”.

Los compañeros del diablo
Han pasado varios años en los que cual devoto alquimista Leo Táxil ha vivido consagrado a su Gran Obra. Desde que decidiera organizar la farsa colosal de su conversión, su vida transcurre alejada de sus antiguos colegas, entregado por completo a perfeccionar un montaje que gana en complejidad con el tiempo. Sus libros se suceden llenos de afirmaciones cada vez más inverosímiles, sin que la fe que el Vaticano ha depositado en el converso vacile un solo instante. Cartas llegadas desde todo el mundo acreditan su reputación de hombre piadoso y valiente, mientras surgen colaboradores espontáneos que convencidos hasta la médula de los embustes vertidos continúan y amplían su obra. Monseñor Meurin, obispo de Port Louis, en Isla Mauricio, viaja hasta París para leer ante Táxil su volumen La Masonería Sinagoga de Satán, en el que se dedica a dotar de fundamento científico cada una de las patrañas difundidas por nuestro hombre. Domenico Margiotta, antiguo francmasón ahora Caballero del Santo Sepulcro, edita una serie de volúmenes en las que certifica la verdad de cuanto revela Táxil y hasta asegura haber tratado con personajes inventados por éste. El propagandista católico J. Kotska publica su Lucifer desenmascarado. Monseñor Armand Joseph Fava, obispo de Grenoble, contribuye con entusiasmo difundiendo en Suiza las obras de Táxil y redactando él mismo El secreto de la Masonería.
A ellos se suma el doctor Bataille, un amigo del escritor que comienza su colaboración convencido de la existencia de la Masonería Infernal, y a quien más tarde el mismo Leo revelará una verdad que el buen doctor se resiste a creer. Animado por el espíritu de la farsa que Táxil insufla en él, Bataille hace crecer el engaño hasta límites insospechados, despachándose a gusto con su librote El Diablo en el siglo XIX, en el que entre otras cosas cuenta que ha visto con sus propios ojos el cráneo del último Gran Maestre de los Templarios, Jacques de Molay, vomitando llamas en la Gran Logia Secreta de París, o habla de su presentación ante el señor Francesco Borri, cuya esposa es una salamandra llamada Elkbamstar.


Diana Superstar

Mas el genio vive del exceso y el riesgo. Decidido a forzar los límites de una credulidad que parece no tener fin e inmerso de lleno en un engaño en el que se siente plenamente realizado, Táxil se inventa a una sacerdotisa satánica, la señorita Diana Vaughan, cuya existencia desvela en los fascículos semanales Memorias de una palladista.
Hija de una humana y del demonio Bitrú, Diana es una joven norteamericana consagrada al mal desde su niñez; obligada por sus progenitores a desposarse con el archidiablo Asmodeo, recibe como regalo de bodas la cola del león de San Marcos, y viaja a continuación a Europa para proseguir su apostolado infernal. Su destino se tuerce cuando gracias a la visita que en los jardines de las Tullerías le hace el fantasma de Juana de Arco, la palladista decide convertirse y confiarse a un hombre de probada rectitud como Leo Táxil. Él deberá protegerla de su mortal enemiga, Sophia Walder, una poderosa iniciada destinada a dar a luz el 29 de septiembre de 1896 en Jerusalén a una niña que será la abuela del Anticristo. Sophia puede atravesar las paredes, girar la cabeza del revés como Linda Blair en El exorcista o adivinar el futuro gracias a las inscripciones que su demonio familiar en forma de serpiente le escribe sobre la espalda. Es muy mala y no piensa arrepentirse nunca.
La enorme popularidad de que gozan las peripecias de Diana Vaughan hace concebir a Táxil un plan aún más ambicioso, al decidirse a presentar ante círculos muy restringidos fotografías y documentos de la satanista arrepentida. Para ello cuenta con la complicidad de su mecanógrafa, una americana representante de una casa de máquinas de escribir a quien contrata por ciento cincuenta francos al mes para que despache la numerosa correspondencia tanto de Diana Vaughan como de Sophia Walder. La muchacha se aplica con esmero a su cometido, y al decir de Táxil…”se divertía mucho con esta alegre falsificación, le había cogido el gusto a mantener correspondencia con obispos, cardenales, recibir cartas particulares del secretario del Soberano Pontífice, contarles cuentos capaces de hacer dormir de pie, informar al Vaticano sobre negros complots luciferinos; todo esto le daba una alegría inenarrable”. De nuevo el epicúreo amante de la chanza asoma por la esquina: el secreto de su éxito reside en la felicidad que le proporciona elevar la mentira a la categoría de arte. Diana efectúa una gira por toda Europa –según cuentan las crónicas que Táxil remite, porque en realidad nadie llega a conocerla- y seguidamente se refugia en un convento secreto, a fin de ponerse a salvo de la persecución de sus antiguos camaradas.
Los jesuitas terribles

El punto culminante de la broma llega casi doce años después de su comienzo. El Papa León XIII convoca la celebración de un Congreso Internacional Antimasónico, a celebrarse en septiembre de 1896 en Trento. Convencidos de la grave amenaza que pende sobre la Iglesia, la ceremonia se organiza por todo lo alto. Acuden a la sesión inaugural nada menos que 36 obispos, 50 delegados episcopales y otros 700 congresistas, la mayoría curas y monjas de todas las órdenes. Llegan enviados de Francia, Austria, Hungría, Suiza, Bélgica, Alemania… De España acuden el pretendiente al trono, el ultramontano Don Carlos, y el arzobispo de Málaga, que lleva consigo una carta de repulsa a los poderes masónicos suscrita por más de cien mil de sus feligreses. El congreso comienza con la solemne interpretación del Himno a Juana de Arco, compuesto por Diana Vaughan, en realidad una transposición de la canción La Jeringa Filarmónica que un amigo de Táxil había compuesto por encargo del sultán de Turquía para diversión de las odaliscas. Los ponentes van tomando la palabra, elogiando y disertando sobre el corpus taxiliano ante el regocijo del autor, que sentado en primera fila paladea su triunfo.
Sin embargo la notoria ausencia de la estrella del momento, Diana Vaughan, y aún más su extraña gira por varias capitales europeas, en las que nadie puede acreditar haberla visto, han levantado una sombra de duda después de tantos años de credulidad ciega. Los jesuitas alemanes denuncian lo que a su juicio es una impostura infame; Táxil se levanta y subiendo a la tribuna les da la réplica entre los vítores del público. El Congreso se cierra con los asistentes divididos; todos tienen a la Masonería por enemiga, pero hay quien pone en duda su carácter intrínsecamente satánico. Respecto a la cuestión del día, la existencia real de Miss Diana, el Congreso se limita a nombrar una comisión encargada de averiguar su paradero.
Táxil, según confiesa más tarde, siente su Gran Obra amenazada, y se verá forzado a tomar una decisión sensacional para que el silencio y el olvido no caigan sobre ella. La polémica se prolonga por algunos meses, en los que por vez primera aparecen largos artículos tildando a nuestro hombre de embustero, cínico y otras lindezas, y riéndose -a buenas horas- de la credulidad de los fieles, incluso en medios de expresión hasta entonces incondicionales de Leo. Pero la reputación de quien cuenta con la amistad del Papa no es fácil de tumbar.


El tormento y el éxtasis

Aparentemente impertérrito ante el avance de sus detractores, Táxil continúa sus actividades en pro de la verdad y la religión católica, y así el 19 de abril de 1897 convoca a miembros de la prensa y de la Iglesia a una conferencia con proyección de imágenes inéditas sobre Satanismo y Masonería. Acude nutrida representación de los principales periódicos, varios sacerdotes conocidos del escritor, público curioso. Ante la extrañeza de los asistentes, se requisan bastones y paraguas a la entrada del recinto de la Sociedad Geográfica de París. La sala está de bote en bote, y para animar la espera ante el retraso del orador se organiza la rifa de una máquina de escribir entre los presentes, que le toca a un tal Alí Kemal, corresponsal turco en París. Finalmente nuestro hombre accede a la tribuna y comienza su conferencia, una verdadera obra maestra de la literatura que desde ya mismo les animo a conocer.
Leo Táxil va al grano desde el principio: confiesa que ha estado mintiendo durante doce años, denuncia la credulidad imbécil de sus víctimas y explica con pelos y señales los pormenores de su obra. No existe nada, señores, ni Baphomet, ni Diana, ni el palladismo, ni bisabuelas del Anticristo, ni demonios en Gibraltar ni nada de nada. Hacérselo pensar al Papa o a cualquiera de sus fieles no reviste por lo demás mayor importancia. La cuestión es creer, dice dando en el clavo… “- Asmodeo transportando a Miss Diana Vaughan al Paraíso Terrestre, ¿es acaso más extraordinario que el señor Satán transportando al mismísimo Jesucristo a una montaña desde cuya cumbre le muestra todos los reinos de la Tierra?... Se tiene fe o no se tiene…”
La algarabía es indescriptible. Los sacerdotes, a cuya cabeza se encuentra el Abate Garnier, insultan y despotrican cuando nuestro hombre exhibe cartas de apoyo de las más altas autoridades eclesiásticas como los triunfos de un juego difícil y enrevesado. Entre gritos reclamando sus bastones y enfrentamientos físicos con algunos liberales, los curas abandonan la sala, dejando sólo al combativo Abate que aguanta hasta el final. La policía irrumpe para proteger la integridad del conferenciante. Los periodistas salen escopeteados hacia sus redacciones para escribir la crónica de un escándalo que al día siguiente ha de ocupar todas las primeras planas.
Táxil se defiende, sereno, revelando sus intenciones científicas e inocentes de realizar un experimento sociológico (como Mercedes Milá en Gran Hermano), y mostrando cierto estupor ante la indignación de los burlados. Dice haberse sentido poseído por “el dulce placer de la broma”, y una y otra vez hace gala de sus buenas intenciones, defendiendo la risa, el placer y la lección magistral de escepticismo que acaba de brindar graciosamente a la humanidad. Sólo lamenta tener que renunciar a su carrera de farsante, porque después de tamaño embuste piensa que ya no existe persona sobre la Tierra dispuesta a creer cualquier revelación asombrosa que en el futuro pudiera hacer.


El caudillo y el policía

Rico gracias a las millonarias ventas de sus libros y cumplidos todos sus objetivos Táxil opta por desaparecer de la escena pública. Se retira a su casita de Sceaux, pequeño pueblo situado a diez kilómetros de París, donde lleva una pacífica existencia hasta que muere a los cincuenta y tres años, indiferente a la numerosa literatura que su caso ha generado. La Iglesia intenta en vano correr un tupido velo sobre el escándalo que el Apóstol del escepticismo generó con sus logros. Llueven las burlas sobre la ingenuidad de los creyentes, aunque confirmando la teoría taxiliana, los hombres decidan una vez más optar por una bella mentira antes que por la verdad.
Se admitió –era irrefutable- que Táxil era un farsante, pero sus descripciones de la Masonería Satánica, de Baphomet, los templarios y las logias misteriosas perduraron como artículos de fe. Aunque la palabra Táxil resulta tabú desde entonces para cualquier católico, sus disparatadas especulaciones siguen encontrando eco entre los numerosos zoquetes adictos a las teorías conspiratorias, especialmente si los zotes en cuestión tienden hacia la carcundia más extrema. Los ejemplos son cercanos. Sin ir más lejos nuestro caudillo Franco, que aparte de construirse en Salamanca un museo masónico particular siguiendo al dedillo las descripciones de Táxil, es decir, repleto de capuchones de verdugo, calaveras e ídolos paganos, tomó en inspirado arranque el seudónimo de Jakin Boor para advertir al mundo de los peligros de la Secta en una serie de escritos hoy editados con el sucinto nombre de Masonería. Sin salir de España tenemos también al inspector de policía y escritor megafacha Mauricio Carlavilla, alias Mauricio Karl, que en obras capitales como ¡Sodomitas! o Anti España 1959 ponía en guardia a la nación frente al eterno enemigo. En fin, señores lectores, no tienen más que leer a historiadores de prestigio como César Vidal o don Ricardo de la Cierva para constatar que la huella que dejó Leo Táxil sigue viva hoy en día. Justo al revés de como a él le hubiera gustado, claro, pero ¿no es acaso la incomprensión el destino del genio?

EL SIGNO DE LA MUERTE




EL SIGNO DE LA MUERTE
(Chano Urueta. b/n. 1939)
Historieta loca con aires de serial, indios aztecas, altares humeantes, pirámides subterráneas y sacrificios humanos. Un malvado profesor pretende resucitar a Quetzalcoatl, la Serpiente Emplumada, ofreciéndole la sangre de cuatro doncellas en noches de luna llena para que regrese al mundo a secar el corazón de los hombres blancos. Todo perfecto, si no fuera porque intervienen como secundarios un principiante Cantinflas y otro tarugo llamado Medel que no paran de hacer gansadas hasta conseguir dar al traste con tan magno folletín. Pena, pena, pena.




LA TÍA ALEJANDRA
(Arturo Ripstein. A colores. 1978)
La triste historia de unos desdichados que para poder pagar la hipoteca acogen en su casa a su vieja tía solterona y millonaria. Lástima que la señora, una especie de Abuelita Paz diabólica, resulte ser una redomada hechicera que se pasa el día murmurando incomprensibles maleficios y lanzando conjuros uno detrás de otro a todos los miembros de la familia. Resuelta con modos naturalistas por uno de los pocos directores mexicanos canonizados por los críticos miopes, esta Tía Alejandra es una pequeña delicatessen del cine de brujería que no deben ustedes descuidar.

George Zucco el grande

¡Bip, bip, aquí el Abuelito emitiendo desde Radio Desván, rastreando como siempre las ondas del pasado! ¡Atención, huyan quienes aborrezcan de lo rancio! ¡Bienvenidos sean todos los zotes, porque a garrotazos los desasnaremos! ¡Acudan pronto los aprendices, que hoy toca semblanza del Rey de la serie Z, el más ilustre actor que hayan tenido la fortuna de contemplar! ¡Cuidado, no se escape algún monstruo malo y les muerda en la entrepierna! A descubrirse, sosainas, que no todos los días se entera uno de quien fue nada menos que...

GEORGE ZUCCO, EL SABIO MÁS LOCO DE TODOS LOS TIEMPOS

Hala, a sentarse, zangolotinos, que hoy van a tener el placer de conocer a uno de los más queridos y distinguidos amigos del Abuelito... un señor de respeto, serio, trajeado y cincuentón, como los de antes. Con ojos oscuros y penetrantes, rostro afeitado, venerable calva y tupidas cejas. Con esos andares arrogantes y desenvueltos y esa gravedad elegante y discreta, tan británica. Les presento al hombre que siempre figura en los últimos lugares: en el reparto, en la guía telefónica, en el padrón municipal, en los diccionarios de actores... aquel cuya tumba es un nicho sin nombre en la parte más baja del rincón de un cementerio de Hollywood. Su nombre, ignorantes, es George Zucco. Y no se confundan, que aunque lo hayan visto más bien poco (¡qué van a saber ustedes, idiotizada generación del País de las Tentaciones!), en buena ley don Jorge debería ocupar panteón junto a Lugosi y Karloff. O sea, en la cima de mundo.
Participó en nada menos que noventa y seis películas en veinte años, todas de género y la mitad extravangancias. Fue vampiro, trasplantacerebros, resucitador, Sumo Sacerdote del Templo de Karnak, asesino, detective, enemigo de Tarzán, fraile, obeah man... todo sin abandonar jamás su honorable aspecto, como de señor notario. Nadie como él ha hecho de mad doctor tantas veces, manejando látigos y probetas, ni ha sabido mantener la dignidad incólume en medio de los guiones más inenarrables. Pero ay, no contó con la suerte de tener un personaje carismático, como Bela y Boris con los suyos. Ni tuvo decadencia, eso que tanto gusta a los mitómanos, sencillamente porque nunca salió de los gozosos infiernos de la serie B, y quien jamás asciende difícilmente puede caer.


CON Z DE ZUCCO
Lo cual, la verdad, no veo qué tiene de malo. A mí bien me hubiese gustado trabajar para la Monogram o la PRC, haciendo de profesor chiflado, sacudiendo jorobados y alternando con glorias del celuloide como John Carradine, el gran Stanley Ridges o the great second mad doctor Lionel Atwill. Mejor no salir del mundo de los seriales que hacer películas en color como las de ahora, con niños bitongos y muñecas de plástico en medio de tramas de lo más inane. Sabiamente, les decía, George Zucco no pasó apenas de la serie B de verdad, que a estas alturas es de suponer todos sepan lo que es. Vayan unas cuantas pistas para los retrasados, que parece que abundan por aquí. Ay, ay, mucho Argento y mucho Takashi Miike, y no me saben nada de lo que de verdad importa.
A ver si adivinan de qué fantástico hablo: sesenta o setenta minutos de duración, riguroso blanco y negro, estrenos cada quince días, total respeto a las reglas del género, argumentos imposibles, presupuestos de pena y actores excelsos en lo que los pelagatos llaman horas bajas. Laboratorios ocultos, monstruos, héroes, señores mayores con sombrero, chicas perseguidas, exquisitos decorados; impecables las partes técnicas de fotografía, iluminación, puesta en escena y las cosas esas en que se fijan los cinéfilos. Películas casi siempre degustables, que más allá del encanto kitsch, cool o camp que gustan decir los enteradillos, son productos bien hechos, ágiles y que rezuman locura en no pocos casos. Celuloide del que crea adicción, con escenas de gloriosa bizarría que se infiltran bajo la retina y luego ya no te puedes desenganchar como si de drogaína se tratase. ¡Gloria eterna a George Zucco por no abandonar nunca tal universo de maravilla y baratura!

EL MALVADO BURGUESÓN
Inglés, de Manchester, cosecha 1886, George hizo un poco de todo antes de dedicarse de lleno a su carrera cinematográfica. Artista de variedades; soldado en la Primera Guerra Mundial, de la que se trajo la parálisis en tres dedos de la mano derecha; actor de teatro con cierto prestigio en Canadá, tiene cumplidos los cuarenta cuando comienza a participar en producciones de cine británico, siempre en segundo plano. Hace de médico, de abogado, serio y tradicional, y hasta asoma en una fantástica, la rancia El hombre que hacía milagros (1935). El caso es que aburrido de tanto comedimiento Zucco emigra a Hollywood, donde no puede entrar con mejor pie. Para entonces es un cincuentón bragado en mil escenarios, y no tarda en colocarse como secundario habitual en producciones de género de grandes y pequeños estudios. Después de participar en un montón de películas, entre ellas las series de El Hombre Delgado, de Charlie Chan, de Arsenio Lupin y de Bulldog Drummond (si no saben quienes son estos señores, me lo miran en internet, mocosos), recibe la primera señal del destino: le otorgan el papel del profesor Moriarty, el enemigo acérrimo de Basil Rathbone en Las aventuras de Sherlock Holmes (1939). Por fin puede lucir esa malignidad subterránea que almacena tras su respetable fachada. El filme se estrena con aire de gran producción, y por un momento parece que la suerte de Zucco va a cambiar. Vana esperanza, pero mejor para nosotros, porque como consecuencia de su actuación como siniestro Emperador del Crimen intentando robar la Corona británica, Zucco empieza a ser encasillado como malvado. Elegante, distinguido y culto, pero con un fondo más negro que el carracuco.

CUANTO MÁS SABIO, MÁS LOCO

Veintiún títulos más se calza el amigo Zucco en los siguientes tres años, y es que muy pronto nuestra estrella adquiere fama como el hombre que jamás rechaza un papel. El motivo aún lo desconozco; el caso es que su rostro cada vez más sombrío, sus ademanes graves y los monólogos de loco que de vez en cuando enfila con voz cavernosa se hacen habituales del cine de género. La inmortalidad le llega de la mano de la Universal con la modélica The mummy´s hand (1940), alegre disparate que reinventa la leyenda de la Momia olvidándose por completo de Karloff. Zucco tiene papel estelar, Andoheb, imponente arqueólogo que esconde una doble vida –una constante en su filmografía- como Sacerdote del Templo de Karnak, un decorado de ruinas aztecas que pasan fácilmente por el Antiguo Egipto con cuatro jeroglíficos y la complicidad del espectador. La película crea una atmósfera tan de barraca de feria, tanto en los subterráneos del templo como en las apariciones de la momia, está tan excelsamente fotografiada y tiene un desarrollo tan deliciosamente discordante que desde su estreno se convierte en clásico bizarro. Zucco, magistral con su fez y con la sotana sacerdotal, resucitando muertos y jurando solemnemente por los poderes ocultos de Amon Ra. En las dos siguientes entregas de la serie es Andoheb otra vez, maquillado de viejo e interviniendo cada vez menos tiempo. div>
Del año siguiente es otra joyita más rara, The monster and the girl, la primera vez que George hace de mad doctor, con un argumento bizarro donde los haya. Unos gangsters obligan a una chica a quien casan falsamente a trabajarse la calle como meretriz. Pero el siniestro profesor Perry roba el cadáver de su novio, ejecutado poco antes, y trasplanta su cerebro al de un gorila que en cuanto despierta la emprende con todos los malvados. ¡A ver quién da más!

EL FABRICANTE DE MONSTRUOS

1942 es su año mágico. Además de figurar en alguna major como El Cisne Negro, el clásico de piratas de Tyrone Power, o rodar la secuela de La mano de la Momia, interviene en la serie del detective Ellery Queen y aún le sobra tiempo para afrontar sus primeros papeles protagonistas en dos obritas maestras donde se consagra de una vez como el mayor de los mad doctors. Sus poéticos nombres: The mad monster y El secreto del Dr. Renault, cánones del cine de bajo presupuesto, en los que se fijan definitivamente arquetipos, escenarios y lugares comunes. O sea, que ambas están más locas que una cabra, emanan delicioso aroma a naftalina y proporcionan gozosos momentos cumbre: Glenn Strange deambulando por los bosques transmutado de paleto en licántropo, o los intentos, látigo en mano, de domar al Mono Hombre que el Doctor Renault en su demencia ha creado.
Por fin Zucco reina en el abismo. El hombre aparentemente sin carisma ha fabricado un personaje que repetirá más a menudo de lo que hubiese deseado. Sus ademanes autoritarios, la mirada torva, el resentimiento que atesora y su profundo desdén por la humanidad constriñen su carrera a un encadenamiento de felices títulos de similar cariz: Dead Men Walk (1943)Zucco haciendo de dos hermanos gemelos, uno bueno y con pelo y otro calvo y vampiro; The mad ghoul (1943), tal vez su mejor creación como sabio loco; esa cima absoluta del cine majareta que es Voodoo Man (1944), en la que no duda en encasquetarse un gorro de plumas de gallina para dirigir las ceremonias vudú que han de devolver el alma a la esposa de Lugosi, un cadáver ambulante de muy buen ver; o el extraño caso de Return of the Ape Man (1944), una majadería en la que Zucco consigue lo que parecía imposible: figurar en el reparto oficial como el Hombre Mono y no aparecer ni un solo segundo en pantalla. ¿Lograría además cobrar?

Y LA SERPIENTE VOLÓ

Vano es el mundo y voluble su gusto, y la preferencia por las películas de miedo desaparece al acercarse el fin de la Guerra Mundial. Probetas y telarañas pasan de moda, bien que Zucco tenga tiempo de colocar pequeñas apariciones en clásicos de lo bizarro como House of Frankenstein (1944) o The Mummy´s Ghost (1944), con la Momia trasplantada desde Egipto a los pantanos de Louisiana de la mano del inmortal Lon Chaney. Toda la industria B emprende una lenta retirada que todavía ha de proporcionar instantes memorables. George se refugia en el policial, rodando varios durante 1945; alguno con su habitual personaje de maldad encubierta, como el Leo Grainger de Fog Island, que se distrae montando en su mansión cámaras secretas de muerte lenta.
La hiperactividad de años anteriores se frena en 1946, cuando sólo rueda el remake de The devil bat (1940), una de las más locas aportaciones del Tío Bela a los fondos de la Monogram. Aquí en vez de murciélago es un ofidio malo, The Flying Serpent, cuya natural inclinación a seccionar yugulares ayuda a nuestro hombre a componer su última y melancólica obra maestra. Al parecer poco después cae enfermo y trabaja mientras puede, haciendo de contrincante de Bela Lugosi y Angelo Rossitto en Scared to death (1947); enfrentándose a un fondón Johnny Weismuller en la decadente Tarzán y las sirenas (1948) o llegando a la autoparodia en Who killed Doc Robbin? (1948), junto a un grupo de jóvenes sosainas, Curley´s Gang, de esos que en USA gustan tanto. Está llegando el fin. Tanto trabajar algo tiene que rendir y George Zucco, deteriorado, pasa sus últimos años en una residencia, dicen que confortablemente. En 1960 decide abandonar del todo este mundo, de neumonía, cuentan unos, o según afirman otros por su propia mano y voluntad. En todo caso, ustedes guarden un minuto de silencio, ignorantes.